I

Trece de los grandes.
Trece de los grandes. Se dice pronto, pero nunca había sacado tanto en una timba de los Meazza. Y, por descontado, era muchísimo menos del total acumulado que me había dejado yo, en esa misma mesa, a lo largo de los últimos dos años. Pero, con todo y con eso, Giancarlo Meazza se vio en la obligación de cumplir con su deber cívico y hacerme saber, con muy buenas formas, que si asomaba el careto por la timba en los próximos tres meses debería someterme a una dieta estricta de batidos y analgésicos durante los siguientes seis. Sí, sí, está muy bien, pero ¿quién se lleva trece de los grandes en el bolsillo? ¿Tú, Giancarlo? Pues eso. Así se lo dije. Bueno, vale, así lo pensé.
La euforia suele ser mala consejera. A mí me aconsejó dejar el trabajo. El puto trabajo alienante, embrutecedor y humillante pero que, siendo honesto, me ha pagado durante los últimos tres años el alquiler, la bebida, un poco de compañía de vez en cuando, y sobre todo, las deudas de juego. Así que esperé pacientemente la filípica cotidiana de mi redactor jefe:
- ¿Qué significa esta mierda? ¿Para esto te pago? ¡¡Cualquiera puede escribir esta gilipollez!!
Papeles agitados, expresión iracunda,… la liturgia habitual. Así que disfruté cada segundo del cambio de guión.
- Hacemos una cosa. Lo escribes tú y te ahorras mi sueldo.
- ¿Qué?
La perplejidad le sentaba mal. Cuando desfruncía el ceño se le quedaba cara de gilipollas.
- Lo escribes tú y te ahorras mi sueldo. Me das tres meses, recojo mis cosas y me voy.
- Dos meses.
- Hecho.
- Mes y medio.
- Jefe…
Mis cosas cabían en mi maletín. Tres proyectos de novela, ninguna más allá de una trama endeble y algunos bosquejos de personajes. Y todo el material de oficina que pude arramblar. Que para eso le había pedido tres meses de sueldo, qué cojones.
Me sentí libre, libre y rico. Porque ser libre y pobre es una mierda. No tenía ingresos, pero sí trabajo. Por fin era escritor; un escritor sin historias y sin ideas. Pero escritor.
No tenía claro cómo empieza uno una vida nueva. La falta de costumbre, supongo. Pero recordé cuando, de pequeño, mi abuelo me llevaba de paseo al viejo puerto, a comprarme altramuces que luego nos comíamos en el espigón, tirando al mar las cáscaras. Eso fue antes de la guerra. Hacía años que no pasaba por aquel lugar, pero no parecía haber cambiado mucho. Aunque, obviamente, nadie iba ya a pasear ni se vendían altramuces. Y, para qué engañarme, el cuerpo no me pedía altramuces ni frutos secos ni nada parecido. Más bien me pedía cereales. De los fermentados.
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