
Al se desangra con un tiro en el hígado y Juan no puede hacer nada. Sólo presionar la herida. Y dejarlo hablar. Un tiro en el hígado te da veinte minutos y Al Marcus parece que tiene mucho que decir.
Después de dos años compartiendo trinchera, a Juan le daba la sensación de que no sabía mucho de Al. Tan sólo que abandonó su país para luchar en tierra ajena. Solía decir que la libertad no entiende de patrias. No era sino uno más de los miles que habían venido respondiendo a un grito de angustia y una llamada de auxilio. Uno más de los que marcharon a pelear por defender una tierra que no era la suya. Uno más de los que vinieron a perder la guerra. Ahora Al Marcus también pasaría a ser uno más en otra lista: la de los que no volvieron.
Cuando se encontraron, marchando hacia el frente, Juan supo rápidamente que aquel extranjero era la compañía que él quería: era callado, como él, y también llevaba una guitarra. Así fue como se conocieron, y así pudo Juan descubrir cómo sonaba una guitarra con cuerdas de metal. Aquella música, aquel ritmo distinto al suyo que pronto sintió, pues también salía del alma. Al Marcus hablaba del bourbon, del blues, y también de la opresión de otro pueblo, el de raza negra. Pero de él mismo poco contaba. Por la música que tocaba se le intuía un corazón roto. Y que había una mujer. Siempre hay una mujer. Nunca hicieron falta más palabras para la complicidad.
Hasta la noche de ayer, en la que el vino, el calor y la certeza de la derrota, empujaron a Al a hablar de ella. Al principio sin nombrarla. Por ella se había jugado la vida y el alma yendo a los graneros ilegales, donde la música era diferente a todo lo que había escuchado, donde el alcohol, el sudor y el sexo eran reales. Reales como ella, que lo introdujo en la música y en el amor. Y en todo lo que vino después: la guitarra, la felicidad, las risas, la partida y también la guerra. Todo empezó en ella. En Florence. Juan no terminaba de entender qué tenía que ver Florence con esta trinchera perdida en medio de un lugar sin esperanza. Pero calló. Porque Juan sabía que cuando un hombre se encamina hacia la muerte con paso firme, lo primero es escucharle, y lo último comprenderle.
Eso fue anoche. Hoy hace calor y Al Marcus se muere. Las moscas se acercan. Juan llora sin lágrimas. Le dice que calle, que no haga esfuerzos, que si quiere que le haga llegar algún mensaje a Florence. Pero Al Marcus, con un hilo de voz, desgrana una historia diferente a la que imagina Juan.
Florence ya no está, Juan. En mi tierra el nuestro era un amor prohibido. Ella era negra. Todavía ardía la cruz cuando la encontré… Yo me llamaba entonces Joe Furton, pero él murió ese día… No pude seguir viviendo allí. Tuve que huir. Tuve que dejar de ser Joe Furton, el hombre que amó a Florence, y convertirme en Al Marcus, un hombre sin pasado ni recuerdos. Era demasiado para un hombre, demasiado para mí…
No soy… el soldado heroico dispuesto a dar la vida por vuestra libertad… Lo siento.
Quiero que… cuando todo acabe… cojas mi guitarra, y mi documentación. Ve con ella a la embajada, no te harán demasiadas preguntas, te ayudarán a salir de aquí, a empezar de nuevo.
Sé tú ahora Al Marcus… bebe el bourbon que no he podido beber, haz la música que no podré hacer. Y ama como no me dejaron amar…
Se acaba el tiempo de Joe. Juan lo abraza y se empapa de su sangre. Y comprende que ese hombre, en realidad, había viajado hasta allí para eso, y que estaba en paz con su destino.
A pocos kilómetros de allí, se consumaba la rendición y, en un par de días el enemigo entraría bajo palio en la ciudad que había jurado no entregarse. El sueño de libertad había acabado.
Autor: Eme Navarro
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