Ha tardado un poco en comenzar, Escocés, pero por fin sale al escenario, por fin la música. Ya suena el saxo, ya lo llena todo de magia.
Y de tristeza… Johnny hoy está triste… está muy triste últimamente, ¿no crees? Yo se lo pido, casi se lo ruego: Johnny, no estés triste, porque me llevas a mi infancia, cuando vivía en el campo y me tumbaba en el maizal en las noches despejadas a ver las estrellas. Me llevas a la época en que tenía sueños y era feliz. Antes de que a mi padre lo expropiaran, de que tuviera que trabajar en una fábrica de esta sucia ciudad. Antes de eso y de todo lo demás. Y ya sé que resulta paradójico, pero volver a la época en que fui feliz, me llena de tristeza. O me hace ser consciente de ella.
Escocés, sé bueno y ponme un whisky. Emborráchame y te contaré algo. Hoy sí tengo ganas. El día en que una actriz quiere hablar, lo menos que puedes hacer es escucharla. Eso es, buen chico. Debieron ser esas estrellas del maizal, o el heredar la teatralidad de mi abuela, pero siempre lo tuve claro. Siempre supe que me dedicaría a esto. Y el físico ayudaba. En casa no había dinero para academias, pero un buen profesional sabría reconocer mi talento. Así que me presenté en todos los teatros, y a todas las pruebas de las que oí hablar. No debía haber grandes profesionales, Escocés, en realidad no tenían ni puta idea. No sabrían ver talento aunque se lo pusieran debajo de sus narices. Pero por si acaso, Kevin Miller lo intentó de esa manera; después de haber estado meses ensayando en su teatro durante horas a la espera del gran momento, me llevó a su despacho y me dijo: “Así que quieres trabajar como titular en mi espectáculo…” Acto seguido se levantó, se colocó de pie delante de mí, se bajó los pantalones, y continuó: “Pues sé una buena chica, y chúpamela”.
Tenía dieciséis años, ¡dieciséis!, y era Kevin Miller... Si me negaba…. si me negaba Aileen Meyer no tendría ningún papel a menos que cambiara de ciudad, de estado, o de país. Así que hice lo que me pidió, fui una gran actriz, y se la chupé.
No me llamó para ningún papel, pero me envió un sobre con una generosa gratificación. Me puso en contacto con otros productores y el número de escenas de despacho fue aumentando. Y con ellas mi caché. Después me llamaron también actores, directores artísticos, políticos, empresarios reputados… todo aquel que, si no tenía algo que ver con el mundo del espectáculo, podía al menos pagarse un lujo como yo.
La práctica me hizo muy buena en mi profesión, y me convertí en una actriz de primera. No actuaba sobre un escenario, ni delante de ninguna cámara, pero es que el destino no resulta siempre como uno lo ha imaginado.
Anda, sírveme otra copa. Y encaja los ojos de nuevo, que parece que te hubiera dado un pasmo. No paso por puta, ¿verdad? Porque no lo soy, sólo interpreto un papel. Yo soy actriz, ya te lo dije. Ven, Escocés, mírame a los ojos, mírame bien y te darás cuenta de que en este mundo no hay dinero suficiente para pagar lo que yo valgo. Mi alma no está en venta. Y de momento, puedo seguir siendo libre.
Pero estoy cansada. Cansada de tanto actuar y de tanto fingir, de ser actriz sin estrella, de sobrevivir a mi papel que siempre es el mismo, aunque cada día me llame de una manera distinta. Y ya no sé dónde está Aileen, ni quién es , y me da miedo que llegue un día en el que ya no quede nada de mí ni de mis sueños, de aquella niña que se tumbaba en el maizal, nada de todo eso que he mantenido intacto, al margen de mi público y de mi profesión.
Así es como de pronto un día, con todo ese miedo, caí en tu taberna, supongo que añorando mis raíces, o buscando un poco de lodo en el que hundirme y tocar fondo. Pero entonces escuché su música. Vi a ese hombre convirtiendo un trozo de metal en un ser con vida propia. Vi unas manos haciendo que un saxo se estremeciera de placer. Vi un hombre convertido en dios, y un instrumento convertido en un fin en sí mismo.
Eres el primero en conocer mi historia, Escocés. Al menos en tu taberna. Yo aquí no he venido a follar, y viendo el plantel, mucho menos a ganar dinero, sin ánimo de ofender… Yo estoy aquí porque quiero ser saxo. Porque ya lo he sido en sus manos. Porque ese hombre saca lo mejor de mí, porque con él, después de tantos años actuando, puedo ser yo. Y se lo voy a decir esta noche. En cuanto termine de tocar. Johnny, ven a vivir conmigo…
¿Tú qué crees, Escocés? ¿Qué crees que me dirá?
Autor:Patricia Lodín
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