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Aaron sudaba. Sudaba por la excitación. Siempre le ocurría cuando tenía que hacer un encargo. Sentía la boca seca y el corazón latiendo con fuerza. Las mismas sensaciones, los mismos movimientos. Con una mano temblorosa sacó la caja de cerillas del bolsillo y la sostuvo a un palmo de su nariz. Aunque no solía recordar de dónde sacaba las cajas de cerillas, siempre se quedaba ensimismado con las imágenes que se dibujaban en ellas. Esta vez un transatlántico, amarrado en un muelle. Brillante. Moderno. Francamente hermoso.
Al abrirla, el inconfundible y familiar olor a fósforo y madera inundó la pequeña estancia. Sacó una cerilla. A sus pies había una papelera con algunos trapos viejos, empapados en whisky. Arderían con facilidad y el fuego se extendería por las estanterías de madera seca. Las botellas de alcohol estallarían con el calor y avivarían las llamas. Las viejas vigas se vendrían abajo. Sería un accidente. El fuego se lo quedaría todo. Como siempre. Todo sería para él. Para el fuego.
El fuego. Desde que tenía memoria le había llamado la atención. Sentía que había algo especial entre ellos. Una especie de vínculo. Sentía como si el fuego le hablara. Y le dijera, con sus chasquidos, qué materiales ardían mejor o cómo tenía que colocar las cosas para que las llamas fueran más grandes o las brasas durasen más tiempo.
Sus padres no veían bien su inclinación por las cerillas y los papeles secos. Se las quitaban en cuanto las veían y en casa escaseaban los objetos inflamables. Pero, aún así, se las ingeniaba para hacer sus pequeñas hogueras en el patio de atrás con lo que escapaba al férreo control de sus padres. A cambio, recibía los severos castigos que le imponían por ello sin una queja. Al ver que eran incapaces de enderezar su comportamiento, le llevaron una tarde a hablar con el pastor de su congregación, para que éste le hiciera ver que el fuego era el reino de Satán y que era pecado andar quemando cosas en casa. Después de la charla no tuvo dudas; él ardería en el infierno para toda la eternidad.
Cuando dejó de interesarle el colegio, Aaron comenzó a vagabundear por los muelles y conoció a la gente que no debía . Aunque eso le proporcionó una manera de ganarse la vida. No honradamente, por supuesto; entró a formar parte de la plantilla de chicos para todo de Ghael. Mr. Robert S. Ghael tenía buen ojo para descubrir y aprovechar las habilidades ajenas. En realidad, eso era lo que le había convertido en el hombre que controlaba las apuestas ilegales. Y ahora, cuando buscaba nuevos campos en los que ejercer su influencia, supo ver en el talento de Aaron oportunidades que no iban a ser desaprovechadas.
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4 Comentarios
me ha gustado kike!
un beso
Escrito por 5 de enero de 2010 a las %H:%M 09Tue, 05 Jan 2010 21:44:08 +010008.
Cuando leí los tres relatos (I-II-III) seguidos me dije “qué grandes son”. Muchas gracias a ambos.
Escrito por 7 de enero de 2010 a las %H:%M 08Thu, 07 Jan 2010 20:20:59 +010059.
Sé que no estás satisfecho con Aaron (puñetero perfeccionista, cabría añadir… pero no lo haré :-)). Pero si yo hubiera escrito este relato, lo estaría, y mucho. Me alegro cantidad de que haya visto la luz (o la llama, si lo prefieres).
Un abrazo.
Escrito por 15 de enero de 2010 a las %H:%M 10Fri, 15 Jan 2010 22:39:57 +010057.
Me alegro mucho, Reichel. Pero túe res menos dura conmigo de lo que soy yo… me temo.
Pat, Eso es debido al cierre que ha hecho Chema, con sus diálogos trepidantes… y, bueno, Marvin es un gran relato…
Efectivamente, Chema, soy un jodido perfeccionista… pero es que creo que no llega a estar a la altura de las circunstancias… de hecho, el nombre de Aaron lo detesto con todas mis fuerzas… así que supongo que es significativo que le haya dado ese nombre precisamente…
Escrito por 15 de enero de 2010 a las %H:%M 11Fri, 15 Jan 2010 23:40:28 +010028.
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