MacNeilly
Entré por primera vez a La Taberna del Escocés a raíz de un curioso caso. Aún recuerdo la visión tétrica del suelo lleno de cuerpos al traspasar el umbral. Y ni una bala, ni un golpe, ni un impacto. Jamás aclaramos lo que ocurrió allí dentro esa noche. Pero a raíz de aquel suceso, no dejé de frecuentar este lugar. La Taberna desprendía magnetismo.
Al principio, los asiduos eran reticentes a compartir conversaciones con un extraño del que sólo sabían que tenía placa, pero al poco tiempo terminé formando parte del decorado de aquella barra. MacNeilly, un joven sediento de alcohol y aventuras, fue quien primero me dirigió la palabra. Y a partir de entonces no dejaría de hacerlo. Era una de esas personas que sólo hablan y hablan, no escuchan, nunca. Yo me preguntaba qué hacía cada noche anclado en el local con la edad que tenía, ahogando su verborrea de fantasías y proyectos en una pinta, en lugar de cumplirlos por ahí fuera, en el mundo de verdad. Lo cierto es que yo también había sido joven y sediento de aventuras. Y me recordaba mucho a aquel muchacho que un día fui, y que murió con el orden y la rutina impuestos a partes iguales por mi mujer y mi trabajo. Aunque sabía que serían inútiles, no podía evitar darle consejos, cosa que me hacía ser más consciente de mi edad. Chico, espabila. Sal de este bar y haz algo. Busca esas aventuras.
No obstante, tengo que reconocer que el discurso del joven MacNeilly era divertido. Y a partir de aquel momento, comencé a llegar tarde a casa, con intenso olor a tabaco. Y los besos que daba a mi hija, ya dormida, sabían a whisky.
Me alejé de todos esos recuerdos, y vi a MacNeilly apoyado en la barra. Deteriorado. Borracho como antaño. Sin un asomo de aquella energía. Esperé pacientemente mientras apuraba el whisky. Cuando la banda dejó de tocar, La Taberna Del Escocés recuperó la soledad que yo conocí. Seguí con la mirada el caminar tambaleante de MacNeilly mientras salía fuera. El adoquinado resbaladizo y la tupida niebla me aconsejaron ser prudente. Fui tras él con sigilo unas cuantas calles, hasta que MacNeilly tropezó y dio con su cuerpo en el suelo.
- ¡¡¡Levanta MacNeilly!!! ¿Me reconoces? Soy MacNab – le grité con rudeza.
- …MacNab… George MacNab… ¿Dónde has estado? – tartamudeó víctima de la sorpresa y el alcohol. Un brillo de culpabilidad cruzó sus ojos en ese instante.
- En el infierno - contesté.
Su cuerpo fue encontrado al amanecer en los jardines de Old Park.
Popularity: 24% [?]






5 Comentarios
En fin, Juan, qué puedo decir? Creo que has dado lo mejor de ti mismo en este relato (1e+ puro y duro, anda que no…). Y creo que supiste captar a la perfección, desde un principio, el halo de la taberna.
Me tomo una a tu salud, amigo.
Escrito por 15 de enero de 2010 a las %H:%M 10Fri, 15 Jan 2010 22:46:11 +010011.
Juan, muchas gracias por tu relato!
Escrito por 17 de enero de 2010 a las %H:%M 01Sun, 17 Jan 2010 01:21:18 +010018.
Como me ha tocado ponerle la música no diré nada…bueno no me ha tocado lo elegí. Espero estar a la altura del relato, me mola MacNabb.
Escrito por 17 de enero de 2010 a las %H:%M 09Sun, 17 Jan 2010 09:59:44 +010044.
Sí, Chema, tiene razón, leyendo tu relato te ves entre parroquianos de la Taberna y por supuesto, deseando cubrirle las espaldas a MacNab mientras cumple el ritual de las rosas…
Escrito por 18 de enero de 2010 a las %H:%M 08Mon, 18 Jan 2010 20:19:11 +010011.
Muy buen relato Juan. Me gusta todo el submundo que estais creando alrededor de la Taberna, con ese toque negro y ese blues de fondo. Me alegro de verte por aqui.
Escrito por 19 de enero de 2010 a las %H:%M 11Tue, 19 Jan 2010 23:59:16 +010016.
Añadir comentarios