
- Lo tiene todo? – dice el hombre, mientras libera su cigarrillo de una montaña de ceniza.
- Ajá. Debo decir que es usted muy bueno contando historias, inspector MacNab.- La mujer termina de escribir, corroborando la acción con un ostentoso punto final. Cierra la libreta y se queda mirando al hombre de edad indefinida, que ha hablado como si el futuro no existiera, con la serenidad y la amabilidad de quien está en paz.
- A Mary le gustaba que le contara cuentos. Sobre todo si los inventaba para ella. En fin, ahora eso da lo mismo.
- Tengo una pregunta para usted, inspector.
- No me llame inspector, por favor. – El hombre inhala una calada del cigarrillo con cierta ansiedad.
- Bien, como quiera. Verá, hay algo que me resulta extraño en todo esto. De acuerdo con mis informaciones, algún tiempo después de que usted dejara la ciudad, Greg Buchanan, hasta entonces proxeneta por cuenta propia, comenzó a formar parte del engranaje de Miller, reciclando prostitutas demasiado enganchadas en la zona del puerto. MacNeilly, por su parte, continuó con su consumo de alcohol, pero con una diferencia: no volvió a dejar una cuenta pendiente. Y Farquarson dejó su puesto de repartidor por un tiempo. Quizá todo sea una casualidad, pero… ¿no sería posible que usted hubiera estado removiendo por aquella época algún asunto de Miller?
El hombre contrae la mandíbula, aprieta los puños y cierra los ojos. Pareciera estar temblando.
- Señor MacNab, discúlpeme por pensar en voz alta. Sin duda he debido leer demasiadas novelas policíacas… Usted ya lo investigó todo. Seguramente todo se debe a una casualidad….
El hombre no pronuncia ninguna palabra. No responde. Va relajando los músculos, agacha los hombros, deja caer su cabeza.
- ¿Señor MacNab?
Tras unos segundos de demora, mira hacia la ventana con una expresión de vacío, y contesta, inerte:
- Una casualidad, sí…
- Señor MacNab, sólo busco la verdad.
- A mí ya no me importa nada. Yo estoy muerto.
La mujer asiente, como si hubiese escuchado lo necesario.
- ¿Sabe ya cuándo será?
- No. Tampoco me importa. Todos los días se parecen demasiado.
Se produce un largo e incómodo silencio. MacNab permanece con la mirada perdida, completamente ausente. La mujer, sin encontrar palabras que proporcionen consuelo se pone en pie.
- Ha sido un placer, señor MacNab.
No contesta. No es capaz de levantar la mirada mientras la mujer está saliendo por la puerta. Termina el cigarrillo, se levanta y se dirige despacio hacia la puerta metálica, todo derrota. Antes de que llegue, un funcionario de uniforme entra en la habitación y se coloca detrás de él. MacNab comienza a caminar, abatido, mientras el guarda, dos pasos por detrás de él, anuncia:
- Dead man walking… Dead man walking…
Autores: Kike Castelló
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