Cuando era joven, tenía sueños. Como todos, claro. Pero los míos casi los pude rozar. Primero soñaba con llegar lejos tocando la armónica. Se me daba bien. Pero lo dejé. Lo dejé por el boxeo, y por Rage Kenny. Él, la mayor leyenda que se ha subido a un ring, me enseñó a pelear. Pero, aún más importante, me enseñó que un hombre puede llegar adonde quiera, cuando cree lo suficiente en sus sueños.
Sin embargo la vida tenía otros planes para mí. Tuve que dejar el boxeo o el boxeo me dejo a mí. Terminé trabajando en la puerta en un pub del centro. Uno con clase. Nada que ver con esto. La verdad, hubiera preferido trabajar aquí. Claro que los sitios como éste no tienen gente en la puerta. En cualquier caso, era sólo un trabajo. Un trabajo de mierda, pero fácil. Mi mayor problema consistía en acompañar hasta la calle, amablemente, a algún cliente díscolo con problemas de autocontrol. Las posibles discrepancias con la política de admisión del local pasaban a un segundo plano ante mi presencia, con mi corpulencia no era necesario mostrarme siquiera vagamente amenazador.
Ella venía de vez en cuando, si había noche de blues. Podría decir que era preciosa o atractiva. Podría encontrar la más elocuente de las descripciones. Aún así ni siquiera me estaría acercando a la verdad.
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