10 de February de 2012

La Taberna del Escocés

Cultura Libre

Hugo “Insumergible” Williams

Escrito por Kike Castelló el 22 de marzo de 2010

Capítulos: 1 2

hugoMe conocen en La Taberna como Geoffrey Chaucer, “el escritor” y, quizá sea por la responsabilidad de llevar ese nombre, me siento como el cronista de lo que aquí ocurre. Tengo buenos oídos y una curiosidad enorme y, de una forma u otra, me suelo enterar de cuanto pasa entre estas viejas paredes. Aquí doy satisfacción a dos de mis grandes vicios: beber y escuchar.

Lo que saco como escritor no da para un sitio de más postín, tampoco para uno de menos… en realidad no da para nada. Y aquí, al menos, el Escocés me invita de vez en cuando.

A quien nadie invita nunca es a Hugo. Se suele sentar al fondo, en un rincón de La Taberna particularmente apartado. Sus más de seis pies de alto, sus ojos azules y su barba espesa son características menos llamativas que el vacío que siempre se forma a su alrededor. La razón de ese vacío es que Hugo Williams es un tipo con suerte. Con mucha suerte. Y ésa es, precisamente, su mayor desgracia.

Al contrario de lo que se puede pensar, nadie quiere estar cerca de él demasiado tiempo. “Le quita la suerte a los demás” dicen por ahí. Y es que los marineros son supersticiosos por naturaleza. Y así pasa: Hugo rara vez encuentra trabajo de lo suyo, de marinero, porque nadie quiere compartir un barco con él. Sólo alguna vez puede trabajar de ello, pero navegando en solitario. Malvive con chapuzas que hace aquí y allá y su único alivio es el whisky que se toma cada noche en La Taberna del Escocés.

Antes de escribir horóscopos en un periódico de mala muerte, yo era un periodista prometedor. Ironías de la vida, el comienzo del fin de mi carrera coincidió con el salto a la fama de Hugo. Y yo, como enviado especial, escribí algunas de las noticias que le colocaron en boca de todos. Las buenas historias empiezan por el principio. Así que es por ahí por donde pretendo empezar.

Cuando Hugo Williams no era todavía famoso, servía como marinero de primera categoría en el USS Sigsbee, un destructor de la clase Fletcher que operaba en misiones de escolta por el océano menos Pacífico de la historia. Básicamente su trabajo consistía en fregar la cubierta. Nada demasiado emocionante pero, sobre todo, nada demasiado peligroso.

Su particular calvario comenzó como suelen comenzar los calvarios. Sin avisar. Era noche sin luna, sin viento y sin olas. Era una noche negra como boca de lobo. Era una noche ideal para estar amarrado en puerto. Sólo que no estaban en puerto, sino que el USS Sigsbee se encontraba en plena misión de escolta en algún punto entre las islas Marshall y el quinto infierno. Los vigías del buque estaban alerta. Siempre lo estaban, aunque no habían sufrido ataques en lo últimos días, los informes de inteligencia descartaban presencia enemiga en la zona y no se divisaba nada en el horizonte. Todo parecía indicar que sería una noche tranquila. Una noche ideal para que un marinero de primera categoría pudiera estar en su puesto esperando pacientemente a que pasara su turno.

En esa noche sin luna, Hugo Williams estaba de guardia en cubierta, fumando distraídamente un cigarrillo que no terminaba de prender del todo. No le quedaban más de diez minutos de tedio y ya se hacía a la idea de dormir el resto de la noche en su camastro. Miró por la borda hacia la sombra de la noche y tiró la colilla al mar. Hubo una luz cegadora y se produjo una explosión que hizo temblar todo su cuerpo.

Nadie lo había visto venir. Un torpedo de un submarino enemigo alcanzó la línea de flotación del USS Sigsbee y el buque, entre sorprendido e indignado, se hundió en cuestión de segundos. 3.000 toneladas de acero se convirtieron en una sólida base para un bonito arrecife. Doscientos sesenta y tres marineros se convirtieron en comida para peces. Todos los oficiales. Toda la tripulación.

Todos menos el marinero de primera categoría Hugo Williams.

Fue encontrado, semanas después, en un islote perdido en el océano por un destacamento naval de reconocimiento. Había sobrevivido durante todo ese tiempo a base de cocos y moluscos. En el momento en que la barcaza con los marines llegó a tierra, Hugo estaba subido a un cocotero recolectando la comida para ese día. Según dijeron los testigos del rescate, Hugo parecía “disgustado” con la presencia de sus camaradas. “Han sido unas buenas vacaciones”, declaró al llegar a tierra. A pesar de que no había nada heroico en ser el único superviviente de un naufragio, Hugo “cocotero” Williams recibió una medalla al valor y un desfile militar en su pueblo. Contó su historia a cuantos le preguntaban: no sabía cómo, pero de pronto se vio en el mar, nadó hacia la superficie y se agarró a lo primero que encontró. Y ya está.

No cabía duda de que Hugo era un tío con suerte.

Después de la guerra, comenzó a trabajar en el mercante Neptune de la Perkings & Co, propiedad del afortunado Charles Perkings III. Afortunado porque había heredado toda una fortuna de su padre, Charles Perkings II y éste, a su vez, la había heredado del abuelo Perkings. Dicen que el abuelo Perkings amasó la fortuna familiar gracias al sudor de la frente de cientos de esclavos.

El trabajo de Hugo no era nada demasiado sofisticado en el mercante, simplemente trabajaba como marinero. A veces echaba de menos los tiempos en los que fregaba la cubierta del USS Sigsbee, pero se le pasaba enseguida. A fin de cuentas, tenía una cubierta que fregar casi igual de grande en el Neptune. Todavía era conocido como Hugo “cocotero” Williams, aunque ya no era noticia y la gente poco a poco se había olvidado de él. Al menos la gente de tierra, porque la gente de mar todavía le tenían muy presente y muchas veces le pedían que contara sus aventuras en la isla del Pacífico. Casi siempre acompañaban su petición con una pinta, y Hugo era un tipo fácil de sobornar. Sus compañeros en el mercante le consideraban una especie de talismán. A veces hasta le tocaban la espalda y todo.

El Huracán Emily pilló al Neptune en alta mar, demasiado lejos de la costa y de algún puerto seguro. Zarandeaban el barco olas más altas que una casa y vientos huracanados, los únicos vientos que se le pueden pedir a un huracán decente. La carga amarrada en la cubierta amenazaba con soltarse al siguiente golpe de mar, y Hugo, junto con otros marineros, fueron allí a asegurarla, prestos a la orden del capitán. El momento elegido quizá fuera el peor, porque el barco no fue visto nunca más sobre la superficie del mar. Ni al barco ni a ninguno de sus tripulantes tampoco. Veintiocho buenos hombres, algunos de ellos hasta abstemios y todo, no verían jamás la luz del sol.

Un pesquero que se había salido de su ruta habitual encontró los restos de parte de la carga del Neptune. Entre los restos, flotando a la deriva, había una caja llena de corchos de botella prácticamente intacta, parece ser que lo único medianamente flotante de la carga del barco. Y, sobre ella, el cuerpo de un marinero aparentemente sin vida. Pero sólo aparentemente. Por supuesto, se trataba de Hugo y, aunque deliraba a causa de la sed y el hambre, estaba razonablemente vivo.

Fue noticia en todo el mundo. Un marinero que había sobrevivido a dos naufragios en los que no había habido ningún superviviente más. El hombre más afortunado del mundo, gritaban los vendedores de periódicos por las calles. Está mal que yo lo diga, pero el mote con el que se hizo famoso fue obra mía: Hugo “insumergible” Williams. Fue portada de las principales revistas, se habló de él en todas las radios, salió en todos los noticiarios. Hasta le propusieron hacer una película y todo. Pero Hugo no quiso. No había hecho nada excepcional. Un golpe de mar le tiró por la borda momentos antes del hundimiento. Luego se agarró a lo primero que pudo y, simplemente, se dejó arrastrar por la corriente… ¿Qué mérito había en ello?

La naviera le concedió un ascenso y formó parte en una nueva tripulación, como adjunto del oficial de derrota. Incluso le dieron su nombre a un buque y se celebró una fiesta a la que asistió el mismísimo Charles Perkings III y su flamante nueva esposa, la rica heredera de la inmensa fortuna de un magnate del petróleo. Hubo champagne, risas y hasta discursos. Esperemos que ese nombre traiga suerte al barco y que sea tan insumergible como Hugo, declaró el armador. Y, efectivamente, el Hugo Williams I no se hundió nunca. Al menos no lo ha hecho hasta la fecha.

El Atlántico Norte es famoso por sus icebergs de puro hielo. Ese año, además, será recordado como uno de los años más fríos de la historia. El Peisinoe, un barco mercante en el que Hugo ejercía de adjunto del oficial de derrota, por suerte, no chocó con ninguna masa de hielo flotante. Incluso dejaron atrás el peligro sin ni siquiera un susto o un percance. Pero una zona de aguas bajas, o de rocas altas, que también puede ser, se llevó una buena parte del casco muy cerca de Groenlandia. Las cartas de navegación tenían un error y, para más INRI, el faro de la costa se había apagado. Las aguas heladas del Atlántico entraron a raudales por la brecha y hundieron el barco con toda su carga. La tripulación del Peisinoe, esta vez, tuvo tiempo de botar las barcas y salvarse de una muerte segura por ahogamiento. Incluido Hugo Williams. Pero, sin alimentos ni agua y a merced de las olas, del viento helado y de la lluvia, fueron muriendo uno a uno. Algunos de hambre, pero la mayoría de sed y de frío. Y también de un navajazo en el vientre por medio arenque rancio. Todos menos Hugo “insumergible” Williams. Hugo ahora “El maldito”.

La prensa, incluido yo, volvió con el tema otra vez. Pero tanta popularidad no hacía sino recordar a todo el mundo que cada tripulación que había compartido barco con Hugo estaba en el fondo del mar. Ser compañero de “El Maldito” era tener todas las papeletas para terminar como alimento para peces. Y ser alimento para peces no es algo que guste trabajando en el mar. Ningún marinero quería compartir barco con Hugo. Ni siquiera una barca de remos en la feria. Teniendo en cuenta que ser marinero era lo único que Hugo sabía hacer, y siendo, además, tan mala publicidad para los intereses de la Perkings & Co, fue despedido fulminantemente. Le dieron un sobre con dinero y una recomendación enérgica para que no volviera a poner un pie en un barco.

Ahora, Hugo “El maldito” Williams bebe solo en una mesa del rincón, alejado de todos y de todo. Sus ojos azules miran a lo lejos, quizá viendo de nuevo las pequeñas islas del Pacífico o los enormes hielos flotantes a la deriva del Atlántico. Se mesa con su enorme mano, aún fuerte y curtida, como toca siendo un marinero, la espesa barba que el tiempo, o quizá el peso de su historia, ha vuelto blanca. Y bebe. Bebe lentamente pero sin parar.

Toda esta historia me viene a la cabeza en el momento en que la puerta de la taberna se abre y todos miramos al recién llegado. Hay como un silencio y hasta la banda parece dejar de tocar. La seda no es un tejido que se vea con frecuencia por la Taberna del Escocés. Así que podríamos decir que una corbata de seda es una rara avis en este particular ecosistema. En realidad, una corbata del material que fuere podría ser considerada una anomalía y, sobre todo, un pretexto para que algún curioso le busque las cosquillas al poseedor.

La corbata está anudada alrededor del cuello de Charles Perkings III, impolutamente vestido de blanco, con un traje que apesta a caro, y unos zapatos lustrosos con acento italiano. Charles Perkings III no es un asiduo de La Taberna. Es más, dudo mucho que haya entrado antes. Pero ahí está, con aires de importancia y esa seguridad que da tener mucho dinero.

Con paso seguro se dirige a la barra, muy cerca de donde estoy, y donde el Escocés limpia un vaso con un trapo. Los dos hombres se miran y, sólo un observador muy entrenado, se daría cuenta de una mirada difícil de identificar en los ojos de ambos.

- Estoy buscando a un hombre.
- Lo siento, yo no hago guarradas.
- Su nombre es Hugo.
- No sé. Conozco a muchos Hugos.
- Hugo Williams.
- ¿Está buscando usted a “El maldito”?
- El mismo. ¿Sabe dónde puedo encontrarle?

El Escocés hace un gesto con la cabeza en dirección de la mesa del fondo, a la mesa donde Hugo “El maldito” Williams bebe en soledad. El señor Perkings camina hasta allí y se queda a una distancia prudencial del hombre. Los dos se miran y se reconocen. Hugo vuelve a concentrarse en su vaso de whisky.

- ¿Puedo sentarme?
- Allá usted, señor Perkings…. Ya sabe lo que dicen sobre mí.
- Eso son supersticiones baratas de gente sin cultura.
- Ya. ¿Qué quiere?
- ¿Puedo invitarle a un trago?
- No es de buena educación rechazar un trago. Pero me imagino que no vendrá sólo a eso.
- Efectivamente. Tengo un negocio que proponerle.
- ¿A mí?
- Creo que cometimos un error echándole. Es usted un hombre valioso y, por así decirlo, con una cualidad “muy especial”. Pero estoy dispuesto a compensarle… Espero que con diez de los grandes nos olvidemos de aquel lamentable incidente del despido.

El Señor Perkings saca un fajo de dinero y lo pone sobre la mesa. Son billetes de los grandes, de los que no se ven en La Taberna muy habitualmente. Fuera del reservado grande, se entiende.

- Además, necesito de sus servicios otra vez.
- ¿Quiere que vuelva a alguno de sus barcos?
- Exactamente. Como capitán. Necesito que lleve a una persona al otro lado del charco. ¿Cree que podrá?

Epílogo

Hugo Williams, pone en el título de capitán que tengo colgado en mi camarote. Necesito tenerlo ahí, para convencerme de que ese soy yo. Que Hugo “Insumergible” Williams es el capitán de este barco. Que Hugo “El Maldito” navega otra vez. Sujeto en la mano el compás con el que hace un momento he terminado de calcular la distancia que resta para terminar el viaje. No quedan muchas millas para llegar a puerto, si mis cálculos son precisos. No queda mucho, siempre y cuando no pase nada. Y no tendría por qué pasar nada, porque llevamos una semana navegando y la travesía ha sido plácida, casi aburrida.

No lo hago por dinero. El Señor Perkings puso una enorme cantidad encima de la mesa, sobre todo una vez que me negué a aceptar el trabajo. Y puso más, hasta que no pude rechazarlo. Pero en el fondo tiene razón: las supersticiones son absurdas, la suerte no existe. En realidad tampoco lo hago por el título de capitán. A estas alturas eso da igual. Lo hago por volver a navegar. Por sentir la libertad que sólo la mar es capaz de hacerme sentir. Por volver a estar vivo.

Todo está tranquilo.

La puerta del camarote se abre y entra apresuradamente mi segundo, haciendo gestos para que le siga. Insiste enérgicamente unas cuantas veces. Parece tener cara de preocupación. Seguramente. No le entiendo bien. Ni a él ni a los demás miembros de la tripulación: todos son chinos. Contratados ex profeso para este viaje por el Señor Perkings. Lo cierto es que todavía no tengo ni idea de cómo demonios he llevado el barco tan lejos sin hablar ni una palabra de cantonés, mandarín o lo que quiera que hablen. Quizá es porque el lenguaje de la mar es universal. O porque sigo siendo el hombre más afortunado del mundo. Tiene gracia… el hombre más afortunado del mundo…

Sigo a mi segundo hasta la cubierta y contemplo lo que ha motivado al marinero a llamarme. En el horizonte, en cualquier dirección en la que se mire, unas densas nubes negras amenazan con convertirse en algo mucho más inquietante. Parece que estamos en el ojo de la tormenta. Un vistazo rápido al barómetro de cubierta me confirma lo que ya sé: la presión atmosférica no hace más que bajar. Aunque todo parece tener esa calma previa a la tempestad.

Por puro formalismo grito las órdenes precisas para que cambien las velas. Ninguno entiende lo que digo, pero todos son marineros experimentados. La maniobra es rápida aprovechando que todavía hay cierta calma, aunque el viento empieza a soplar con fuerza casi en el mismo instante en que terminan la operación. Quizá, con suerte, ese viento nos ayude a salir de la tormenta. Se nota que los marineros chinos saben de esto. Sin tener que decir nada comienzan a rizar al máximo la vela mayor y sacan de la bodega un tormentín, por si el foque es demasiado trapo. Espero que no tengan familia. Pero no, no puedo permitirme tener estos pensamientos.

Me dirijo a la caña del timón, donde el chino que hace de timonel se esfuerza por mantener el rumbo. Le ayudo. Ya hay demasiado viento.

No queda mucho para el puerto, pero el rumbo nos va a meter directamente en la tormenta. No hay opción a dar media vuelta y, desde luego, tampoco podemos rodearla. Esto es un velero, y necesitamos el viento para movernos. Llevo subido a un barco desde que era un chaval, pero no soy un marinero experimentado en el arte de navegar a vela. Al menos, no en un barco con tantas.

Una voz, por encima del viento, me saca de mis pensamientos. La persona a la que transporto ha salido a la cubierta del barco. La única persona en toda la nave que habla mi idioma. Hay mucha tensión en su voz.

- ¿Qué ocurre, Señor Williams? – Me pregunta.
- Nos dirigimos hacia una tormenta.
- ¿Es peligrosa?
- Eso depende… ¿Es usted supersticiosa?
- ¿Cómo dice?
- ¿Cree usted en la mala suerte, Señora Perkings?


Autor: Kike Castelló


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5 Comentarios

  1. Salam dijo,

    Lo he leído de un trago!
    ¡Y NO SÓLO SIGO VIVA SINO QUE ME ENCUENTRO MUCHO MEJOR QUE ANTES!

    Estupendo relato, Kike!

    Escrito por 22 de marzo de 2010 a las %H:%M 01Mon, 22 Mar 2010 13:06:09 +010009.

  2. El tercer editor dijo,

    La verdad es que, aunque no tenga mucho mérito, me encantó este relato desde la primera vez que lo leí. Y a pesar de que ha costado trabajo decidir el final ;-) creo que te ha quedado genial, amigo.

    Un abrazo, cuentista :-)

    Escrito por 22 de marzo de 2010 a las %H:%M 06Mon, 22 Mar 2010 18:17:06 +010006.

  3. dosdediez dijo,

    Relato Genial. Se nota que eres marinero, o que lo fuiste, y que eres un tipo con suerte.

    Escrito por 23 de marzo de 2010 a las %H:%M 11Tue, 23 Mar 2010 11:25:07 +010007.

  4. Kike Castelló dijo,

    Sofía… y eso que leerlo por Internet sería lo más parecido a navegar con Hugo… y sabemos que navegar con Hugo “el maldito” es muy, pero que muy peligroso. Me alegro que te haya gustado.

    Chema, ha costado bastante, sí. Pero creo que el resultado ahora es mejor. Yo me divertí escrbiéndolo, así que supongo que se nota… y ya tengo una segunda entrega en mente para las aventuras de Hugo. Abrazo.

    Hermano, el relato lo rumié surante las vacaciones del año pasado, navegando por el Mediterráneo. Pero no he puesto en él todo lo que sé del arte de navegar… que de navegar mucha idea no tengo… pero como me aprendía las palabras técnicas…

    Escrito por 23 de marzo de 2010 a las %H:%M 10Tue, 23 Mar 2010 22:15:51 +010051.

  5. pat dijo,

    a mí lo que más me ha gustado es que te divirtieras. Y sí, eso se nota. Yo lo he disfrutado mucho más en versión impresa. Mientras iba en el metro pensaba “qué grande, Kike!” Beso.

    Escrito por 24 de marzo de 2010 a las %H:%M 04Wed, 24 Mar 2010 16:16:34 +010034.

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