
Mi abuelo me lo advirtió. Yo tendría trece años y por entonces empezaba a jugar luciendo orgulloso el apellido Meazza. En una mesa de póker siempre hay un primo, Giancarlo. Si al cuarto de hora no sabes quién es, entonces el primo eres tú. No es el caso. Miro a los ojos al primo.
- Veo tus dos mil, amigo, y subo hasta diez mil.
Se ha hecho silencio. Estoy teniendo una buena mano pero no se me nota. Aún así se han retirando todos, incluso Miller. Todos menos el primo. Cuando ha escuchado diez mil, los nervios le han traicionado y ha contraído la mandíbula. Esta partida le viene grande, él debería saberlo. En cualquier caso, eso a mí me da igual. Que se joda.
Lo que no sé, y me gustaría saber, es si tiene agallas. Es cierto que una timba no era lo que más me apetecía para esta tarde, pero muchas veces, pensar en el póker me ayuda a no tener que pensar en otras cosas como en mi trabajo o en mi vida. Pero se me está agotando la paciencia y no se termina de decidir.
- Perdona, socio, sólo quedas tú y no tenemos toda la tarde.
- Quiero ver esa jugada, pero no tengo más que seis mil setecientos.
- El póker aquí es así… si no tienes, te retiras
- Te hago la siguiente propuesta: pongo estos seis mil setecientos, e igualo con una historia.
- ¿Con una historia? ¿Qué clase de apuesta es esa?
- La única que puedo permitirme. Si quieres jugar, tendrás que escuchar la historia.
- Así que tienes agallas… De acuerdo, pero con una condición. Primero cuéntala, y después seré yo quien decida si la apuesta ha quedado igualada. ¡Escocés! ¡Ponle un whisky a este hombre!
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