10 de February de 2012

La Taberna del Escocés

Cultura Libre

El viejo Ray

Escrito por Kike Castelló el 2 de julio de 2010

Capítulos: 1 2 3

El viejo Ray era un Hijo de Puta. Pero no me malinterpretéis. No es que el viejo Ray fuera un hombre malo, no. De hecho, quienes le conocían bien, sabían que al viejo Ray se le podía pedir cualquier cosa, y que se desvivía por hacerlo. De puro bueno era tonto. En realidad el viejo Ray era literalmente un hijo de puta: su madre intercambiaba sexo por dinero en la zona de los muelles. Fue la única manera que encontró de sacar adelante dos niños pequeños, una vez que su marido decidió desaparecer, dicen, acompañado de una niña de dieciocho años adicta a los chicles de fresa.

Así que, desde siempre, se acostumbró a que le llamaran eso: Hijo de Puta. Se lo llamaban en el colegio. Se lo llamaban en el patio del recreo. Se lo llamaban en la calle. Se lo llamaban a la cara y a sus espaldas. Se lo llamaban a todas horas. Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta. Ya sabéis cómo son los niños. Y cuando el pequeño Ray por fin supo lo que significaban esas palabras, no pudo contenerse. La primera vez que llegó a casa llorando, con la ropa hecha jirones, tras pelearse con algún niño por esta razón, su madre le dijo que no se peleara, que Hijo de Puta no era un insulto sino una descripción. Y eso hizo: no pelearse nunca más.

Muchos años después, el viejo Ray se casó muy enamorado de una preciosa mulata de pelo ensortijado y culo imponente, algunos años bastante más joven que él. Su mujer, Cecilia, también estaba muy enamorada, pero más de la nacionalidad que del buenazo de su marido. En realidad ella no respetaba a Ray de ninguna manera, y todo lo que tenía de bonita, lo tenía de mala persona. Le echaba en cara su falta de sangre y de ambición, le decía que todo el mundo le pisoteaba, que se reían de él a sus espaldas. Y se lo decía todos los días.

Pero un día tonto lo tiene cualquiera, y Cecilia se despistó el tiempo justo como para quedarse embarazada. Para todo el mundo era evidente que Ray era el padre. Bueno… el padre putativo. El biológico debía de ser Alfredo, el guapo, carismático y moreno Alfredo que volvía locas a todas las mujeres solteras, y no tan solteras, del barrio. Y lo debió de ser, porque a los pocos meses de nacer Lucía, Cecilia y Alfredo fueron vistos abandonando la ciudad juntos en un destartalado Chevrolet descapotable. La pequeña y morena Lucía nunca llegó a conocer a su madre.

Ray no dudó en hacerse cargo de la niña, a pesar de lo que decía la gente. Y la trató como si fuera su propia hija. Para él era lo mejor que le había pasado nunca y una bendición del cielo. Y creció, sana y despierta. Y muy lista y buena. De su madre sacó la belleza sureña, y de su padre tal vez la tez morena. Y de Ray… de Ray sacó todo el amor del mundo. Lucía también lo quería horrores, y Ray era el hombre más feliz del planeta.

Al viejo Ray le gustaba sentarse al final de la barra de La Taberna del Escocés, en una de las incómodas banquetas. Se quedaba en silencio mientras bebía su whisky doble escuchando a la banda, siguiendo metódicamente el ritmo de la música con el pie. Solía ir al salir de su trabajo como estibador en el puerto, se tomaba el whisky doble y se encaminaba a su segundo trabajo, como vigilante nocturno en un almacén. Todo este esfuerzo era necesario: Lucía tenía que ir a la universidad. Tenía que salir de la parte baja de la ciudad. Tenía que disfrutar de más oportunidades que las que tuvo él. Y, sobre todo, tenía que ser independiente y no necesitar de ningún hombre. Ninguna hija suya vendería su cuerpo en los muelles.

El viejo Ray solía tomarse más de un whisky los sábados por la noche. No tenía que trabajar en el almacén y podía permitirse el lujo de escuchar a la banda hasta el final. Siempre le pasaba lo mismo, se achispaba y soltaba sus absurdas teorías: “Estoy seguro… que si abro la puerta del fondo… la que está junto al baño de señoras… puedo llegar a cualquier bar del mundo”. Pero era el viejo Ray… toda una institución en La Taberna del Escocés. Y estas cosas siempre nos han hecho gracia.

El día que el viejo Ray murió era sábado

Era la típica tarde de finales de verano, con el típico aguacero vespertino de grandes gotas, de esas que hacen a la gente andar encogida, como si el mojarse el cogote fuera algo mortal. Y, Ray, con su gorra bien calada hasta las orejas, salió un poco antes de la oficina del puerto donde había cobrado el sueldo de la semana. Se pasó por una tienda de regalos y le compró a Lucía una pluma estilográfica con la que pudiera escribirle postales cada semana desde la universidad. Estaba ilusionado y contento, aunque sabía que se sentiría muy solo cuando ella se marchara. Pero era un acontecimiento feliz, y había que celebrarlo por todo lo alto: Tenía mesa reservada para cenar en el Piccolo, el mejor restaurante italiano del barrio del puerto. En realidad, el único restaurante italiano del barrio del puerto.

Y de haber llegado habrían disfrutado de una cena a la altura de sus precios razonables y su ambiente agradable. Pero no fue así. Al doblar una esquina, no demasiado lejos de aquí, alguien golpeó a Ray en la cabeza con un objeto contundente y calló derribado a un charco. El golpe no le había dejado inconsciente, pero si lo suficientemente noqueado como para desorientarlo. En el callejón sólo se escuchaban los gritos de Lucía pidiendo ayuda, y las risotadas de Dimitri Yúrievich relamiéndose ante su presa. Y ya fuera por la casualidad de haber pasado por el lugar equivocado en el momento menos propicio, o porque les hubiera seguido, él iba a gozar de la joven al precio que fuera.

Un golpe. Dos. Tres. Hasta cuatro puñetazos terminaron por vencer la resistencia de Lucía. Y tratándose de puñetazos de Dimitri, estamos hablando de palabras mayores. Dimitri Yúrievich era uno de los matones cobradeudas de Giancarlo Meazza, una mole de dos metros por dos metros que dejaba en ridículo a cualquier armario ropero de dos puertas. Cuando el bruto rasgó el vestido de Lucía, Ray recobró el sentido y, apoyándose en la pared, recuperó la verticalidad.

- ¡Deja a mi hija! -Gritó.

Dimitri dejó caer a la joven inconsciente al suelo y se volvió hacia Ray. Y lo que vio fue a un viejo, de poco más de cinco pies de altura y herido en la cabeza. Ni siquiera se preocupó de sacar la pistola de su funda.

- Se ha despertado el hijo de puta. ¿Quieres ver lo que le hago a tu hija?

Lo que Ray vio no fue sólo a Dimitri. Sino que junto a él vio a todos y cada uno de los que le habían definido como un Hijo de Puta y a los que no había dicho nada. Veía a Cecila. Veía a Alfredo… pero, sobretodo, veía a su niña, con la cara hinchada y ensangrentada.

Ese “hijo de puta” fue como un copo de nieve que se posa en lo alto de una ladera nevada. Por si solo no era más que un insignificante copo, pero posado en el lugar adecuado… la ladera nevada se quebró, y se desencadenó una avalancha. Más de de 50 años de ira salieron por los puños del viejo Ray.

Dicen que se escuchaban dos cosas en la calle. Los huesos de Dimitri al romperse, y a Ray diciendo “No soy un hijo de Puta”, una y otra vez.

Epílogo

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3 Comentarios

  1. Sra.Drake dijo,

    genial como siempre Kike

    Escrito por 2 de julio de 2010 a las %H:%M 10Fri, 02 Jul 2010 10:17:09 +020009.

  2. El teclista accidental dijo,

    Ray se merece una canción, pero ya. Por cierto, a ver si grabamos la de Hugo… ;-)

    Escrito por 5 de julio de 2010 a las %H:%M 12Mon, 05 Jul 2010 12:12:18 +020018.

  3. eme dijo,

    Hugo? hay más gente en la banda??

    Escrito por 6 de julio de 2010 a las %H:%M 06Tue, 06 Jul 2010 06:24:03 +020003.

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