Capítulos: 1 2
Observé desde mi ático la casa del senador acompañado siempre por esa mujer de extraordinaria belleza. Estaban dando una fiesta. Un hombre negro aparcaba los coches de los invitados que iban llegando. Llevo más de dos años viviendo en ese barrio, pero estoy segura de que nadie ha reparado jamás en mi presencia. Sin embargo, yo los conozco a todos. Tafetán, seda, smokings, guantes. Allí, entrando entre flashes, aristócratas, ministros, hombres de negocios, diplomáticos. Y, tomándoles del brazo, sus preciosas esposas, ésas tan dignas que yo identifico como depredadoras de fortunas.
Miré la hora. Era tarde, pero aún remolonearía tumbándome un rato más en mi cama de sábanas limpias y frías, sin más aliento que el mío. Salgo poco. Me incomoda la gente. Toda. Sobretodo los hombres. Odio sentirme reflejada en sus miradas.
Aquella tarde, había quedado con Peters después de que me hubiera llamado al menos diez veces a lo largo de la mañana. Peters, qué quieres. ¿Cómo sabes que era yo? Porque lo sé. ¿Y por qué no me has cogido antes? Para cerciorarme de que no me estabas molestando en vano. Peters es el único que tiene mi número.
Me levanté con decisión de la cama, delante del espejo del baño me detuve aún un rato más, siempre lo hacía antes de salir a la calle. Acaricié las cicatrices de mis muñecas. Nunca intenté suicidarme, solo quería saber si sería capaz de hacerlo.
Me acerqué a la puerta. Comprobé que no hubiera nadie en el descansillo, me puse la boina y la gabardina. Entonces salí y cerré la puerta sin hacer ruido. Ya en la calle, encendí un cigarrillo y me dirigí al lugar donde nos habíamos citado caminando deprisa, invisible en esas calles residenciales. Invisible en realidad para el mundo. El llegar a serlo formaba parte de mi profesión, pero más aún de mí.
Llegué a esta ciudad con un único objetivo. Me llevó mucho trabajo de investigación, seguimiento y logística. Hay cosas que no se pueden hacer de cualquier forma y en las que sólo vale la perfección. Pero en cuanto lo hube conseguido, busqué a Peters.
Cuando los padres de Peters, una cantante de éxito y una leyenda del boxeo, murieron dramáticamente, le dejaron tanto dolor como dinero.
Como suele ocurrir en estos casos, el pariente más cercano se hace cargo del menor y también de administrar la herencia.
El tío de Peters era un estafador de poca monta al que le acababa de tocar la lotería. Y no le bastó con arrebatarle la fortuna al chico, también se apropió de su inocencia. El dinero le sirvió, entre otras cosas, para comprar los favores de mi madre durante algunos meses, hasta que se cansó de ella. Y de mí. Le encantaban los niños. Eso me dijo mi madre. No sabía ella hasta qué punto.
Así Peters, de alguna manera o porque no podía ser de otro modo, se convirtió para mí en lo más parecido a un hermano. El mismo ser indeseable había abusado de nuestra niñez, y ahora nosotros nos arrastrábamos por el mundo como dos animales malheridos. Yo, sin poder sofocar mi ira, me relaciono a menudo con la muerte y no siento nada; y él, en un esfuerzo por anular la impotencia y el dolor, ha terminado siendo un adicto al juego.
Peters, sin embargo, no sabe nada sobre mí. Pero creí necesario decirle que había asesinado a su albacea. Lo consideré un acto necesario de solidaridad. Eso fue el principio de todo.
- ¡Por fin has llegado!
- Peters…
- ¿Vas a tomar algo?
- Al grano, no me has llamado once veces para invitarme a una copa.
- Tengo un trabajo para ti. – Puso una fotografía en mi mano. Debía de rondar los cuarenta, patillas pobladas.
- ¿Quién es?
- Su nombre es Marcus. Es el guitarrista de un grupo que suele tocar en La Taberna del Escocés. Parece ser que no le gusta tener que pagarle un impuesto a Miller por tocar, y se está encargando de difundir su filosofía a los demás.
- ¿Y tú crees que Miller necesita a un profesional para terminar con un guitarrista?
- Marcus está levantando mucho la voz. Tanto, que parece que se avecina una revuelta. Me enteré de todo esto en una timba, y también de que Miller quería enviar un mensaje contundente a los músicos. Entonces intervine: si Ángel Negro se encargara del agitador, ninguno más se atrevería a rebelarse. Y jamás se le podría relacionar con el caso. Su tranquilidad bien merece tu precio.
- Suficiente. Pero quiero que le digas que después de hacerlo quiero verle a él en persona, si voy a trabajar para un tipo así, no quiero intermediarios.
- Seguro que le encanta tanta exclusividad ¿Te pido ahora la copa?
- Peters, las copas las tomo con mis amigos, y que te quede bien claro, tú y yo no lo somos. Tú limítate a tus timbas, a seguir escuchando, y a seguir callando. Tendrás noticias mías una vez que ejecute el trabajo y lo cobre.
Como siempre, me despedí sin besarlo, sin estrechar siquiera su mano. Me di la vuelta y me marché sin mirar atrás.
Peters es un tipo inteligente. Supongo que la necesidad hace que cualquiera agudice el ingenio. Él es mi intermediario. Oír hablar del Ángel Negro infunde respeto. Mi trabajo comienza con un nombre. A partir de ese momento desarrollo un estudio implacable y minucioso de las que serán mis víctimas, pero también de mis clientes. Es necesario conocer cómo se mueven, sus costumbres, con quiénes se relacionan. Y mientras investigo eso, aparece todo lo demás. Nadie está a salvo. Ninguno de los nombres de los que figuraban en mi lista. Todos tenían las manos manchadas. Asesinos, traficantes, ladrones, soplones, maltratadores, proxenetas… Cuando mato no siento, porque si lo hiciera no podría soportarlo.
La Taberna del Escocés estaba en una zona más sombría todavía que el propio puerto. Me senté al fondo de la barra, y pedí un whisky con hielo. Nunca había necesitado beber. Observé a la banda, dejé la mente en blanco, y sólo me concentré en la música. Necesitaba no pensar en los resultados de mis investigaciones. Porque no eran los habituales. Marcus estaba limpio, ni un robo, ni una agresión, nada. Nada que poder echarle en cara. Su único crimen consistía en levantar la voz ante Miller. Sin embargo Miller… ése sí que era un auténtico hijo de puta. Y ese grandísimo hijo de puta me había contratado. Por mi cabeza se sucedieron una serie de imágenes. Todas las personas a las que Miller había jodido la vida: coristas drogadictas, aquella preciosa actriz, Aileen, convertida en prostituta, la hija, todavía adolescente, de MacNab asesinada, los músicos extorsionados, y tantas otras víctimas…
Pedí un segundo whisky. Se trataba de tanto dinero que me aturdía. Pensaba en Peters. Con su parte dejaría de tener que pedir favores. Estaría tranquilo una buena temporada, aunque poco tardaría en perderlo todo en una mesa. Rápidamente rectifiqué el juicio que acababa de hacer. Ése no era mi problema. Yo aceptaba a Peters de forma incondicional.
Pero ahora, sin tener ningún maldito vínculo con ese guitarrista, y viniendo el encargo de Miller, extorsionador, violador, mafioso… me había posicionado. Podía intentar negármelo. Pero era un hecho. Nunca me había ocurrido algo similar con un objetivo. Sabía que podía llegar el día en que ocurriera y me había preguntado cómo reaccionaría. Por qué justo ese día. Justo con ese tal Marcus. Siempre he pensado que las casualidades no existen. Siempre he aceptado mis pálpitos aún sin entenderlos. A la mierda.
Volví a mirarlo, y noté que había reparado en mí. Me miraba fijamente. Así como odio que me miren. Pero sin odiarlo. Me sorprendí con una sonrisa. Cuando me di cuenta intenté pararla, pero era tarde. Terminaron de tocar, pasó por mi lado, me vi a mí misma y me aterró mi vulnerabilidad. Tenía que salir de allí. Pero necesitaba decírselo de alguna forma. Van a por ti. Cogí una servilleta, la besé, y dibujé el Ángel Negro con que rubricaba mis trabajos aún con la certeza de lo inútil del gesto de aviso. No parecía de esa clase de tipos que conoce mi rúbrica. Pero no se trataba más que de un pequeño símbolo de mi nueva determinación. Si yo no había matado a este hombre, ninguna otra persona lo haría.
Salí de allí haciendo un esfuerzo por dejar la mente en blanco. Para no pensar si quizás mi destino no me estaría alejando de la que hasta ahora había sido mi vida, para no pensar que quizás estaba perdiendo facultades, para dejar de cuestionarme. Ese guitarrista es un buen hombre, y no va a morir. Caminando cada vez más deprisa sabiendo que hacía lo correcto. Una sonrisa me llenaba la cara, pensé en Peters y aceleré aún más el paso, recordé a Marcus tocando, la vitalidad invadió mi cuerpo, tanto tiempo moribundo y corrí y corrí y corrí a encontrarme con Miller y a despedirme para siempre de Ángel Negro.
Autoras:Reichel Congosto
Basado en una idea original de Nynaeve Mandragoran
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