14 de March de 2010

La Taberna del Escocés

Cultura Libre

Archivo para la categoría ‘B-Side’

Knockdown

Escrito por Chema el febrero - 26 - 2010

interrogatorio

- Golpea. Encaja. Golpea. Encaja. En eso reside todo. Tómate tu medicina.

Rage Kenny sonríe. Sonríe como lo hace él, con la boca y con los ojos. Mi medicina es la receta casera de Kenny para recuperarte después de entrenar duro. Dos partes de agua, una de zumo de limón, un café cargado, tres cucharadas de azúcar y una pizca de sal. Está horrible, y me encanta. Como la sensación del sudor. Como el olor a goma y a magnesio.

- En el boxeo, en la vida. No dar nunca, nunca nunca, un combate por perdido es importante. Tener buena pegada es importante. Encajar como lo haces tú, que pareces un italiano, es importante. Un buen juego de piernas, muy importante. Pero lo más importante de todo, lo esencial, es saber cuándo golpear y cuándo encajar. Nunca ganarás una pelea simplemente golpeando. Ni simplemente encajando.

Intento grabar estas palabras en mi mente. Es Rage Kenny, campeón mundial de los pesados. Es mi ídolo. Es mi amigo.

- Es como la mierda esa de la armónica que tocabas tú, no? Soplar y aspirar. Todo se reduce a saber cuándo hacerlo.
- Bueno, Kenny, es un poco más complicado, verás, a veces tienes que aspirar llevando la lengua al paladar y…
- No me jodas, saco de mierda irlandesa. - Un pescozón cariñoso, que casi me corta la espiración.- No te pongas sutil conmigo. No es lo mismo un jab que un uppercut que un cross. Es que no estamos hablando de eso.
- Sí, Kenny.
- Tienes que entender esto, chico. Golpear. Encajar. El boxeo y la vida.

Sacudo los recuerdos y trato de acomodarme en la silla. Está difícil. Las esposas me cortan la circulación. Noto cómo me sangra una ceja. Ni que fuera la primera vez.

Se abre la puerta. Entra un policía, deja su identificación encima de la mesa. Miro la foto. Está sonriendo. Creo que es la primera vez que veo un poli sonriendo en su foto. Parece simpático. Se derrumba en la silla frente a mí. Parece cansado. Me enciende un cigarrillo y me lo pone en la boca. Parece legal.

- Veo que Lennox te ha interrogado ya. Me sorprende que sigas callado. Cuando Lennox interroga, el sospechoso confiesa hasta el asesinato de Lincoln.

No sé si me toca hablar.

- Mira, me han sacado del cumpleaños de mi hija por un motivo muy concreto. Soy el poli bueno. El tío razonable. Y quiero que razones conmigo. No te acuerdas de mí, pero yo fui quien primero llegó a la escena. Tú estabas inconsciente, claro. Y desde que vi aquello supe que sería un caso jodido. Por suerte para mí, se encarga Homicidios. Pero necesitan que les cuentes lo que pasó para cerrar el caso bien y no hacerlo en falso. Lo entiendes?

Asiento. Me quita el cigarrillo, lo sacude en el cenicero y me lo vuelve a poner.

- Estamos hablando de la silla. Lo entiendes? El fiscal te acusará de homicidio con premeditación, alevosía y todo lo que se le ocurra.

Me mira. Intenta tensar el silencio. Ni siquiera pestañeo. Veo a Kenny. Encaja.

- Vale… cartas boca arriba. Al fin y al cabo, los dos sabemos de qué va esto. Te lo diré por las claras, la señora cobrar treinta millones. Del seguro. Y tú… tú vas a ir a la silla. Así de simple. De verdad no quieres hablar?

Encaja. Encaja, chico.

- Sólo quiero saber… quiero saber qué cojones puede mantenerte callado. Me ayudas?

Miro de nuevo su identificación. Le miro a él.

- Le ayudaré con un consejo. Vuelva al cumpleaños de su hija, George.

Lo leo en su rostro mientras se levanta. Se da por vencido. Y me tiene lástima. No debería. Golpea. Encaja. En eso reside todo.

Cuenta de diez y fuera. Este combate está perdido, Kenny. Lo siento.


Autor: Chema Tornero


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La casualidad

Escrito por patricia lodin el febrero - 5 - 2010

b_side_macnab

- Lo tiene todo? – dice el hombre, mientras libera su cigarrillo de una montaña de ceniza.
- Ajá. Debo decir que es usted muy bueno contando historias, inspector MacNab.- La mujer termina de escribir, corroborando la acción con un ostentoso punto final. Cierra la libreta y se queda mirando al hombre de edad indefinida, que ha hablado como si el futuro no existiera, con la serenidad y la amabilidad de quien está en paz.
- A Mary le gustaba que le contara cuentos. Sobre todo si los inventaba para ella. En fin, ahora eso da lo mismo.
- Tengo una pregunta para usted, inspector.
- No me llame inspector, por favor. – El hombre inhala una calada del cigarrillo con cierta ansiedad.
- Bien, como quiera. Verá, hay algo que me resulta extraño en todo esto. De acuerdo con mis informaciones, algún tiempo después de que usted dejara la ciudad, Greg Buchanan, hasta entonces proxeneta por cuenta propia, comenzó a formar parte del engranaje de Miller, reciclando prostitutas demasiado enganchadas en la zona del puerto. MacNeilly, por su parte, continuó con su consumo de alcohol, pero con una diferencia: no volvió a dejar una cuenta pendiente. Y Farquarson dejó su puesto de repartidor por un tiempo. Quizá todo sea una casualidad, pero… ¿no sería posible que usted hubiera estado removiendo por aquella época algún asunto de Miller?

El hombre contrae la mandíbula, aprieta los puños y cierra los ojos. Pareciera estar temblando.

- Señor MacNab, discúlpeme por pensar en voz alta. Sin duda he debido leer demasiadas novelas policíacas… Usted ya lo investigó todo. Seguramente todo se debe a una casualidad….

El hombre no pronuncia ninguna palabra. No responde. Va relajando los músculos, agacha los hombros, deja caer su cabeza.

- ¿Señor MacNab?

Tras unos segundos de demora, mira hacia la ventana con una expresión de vacío, y contesta, inerte:

- Una casualidad, sí…
- Señor MacNab, sólo busco la verdad.
- A mí ya no me importa nada. Yo estoy muerto.

La mujer asiente, como si hubiese escuchado lo necesario.

- ¿Sabe ya cuándo será?
- No. Tampoco me importa. Todos los días se parecen demasiado.

Se produce un largo e incómodo silencio. MacNab permanece con la mirada perdida, completamente ausente. La mujer, sin encontrar palabras que proporcionen consuelo se pone en pie.

- Ha sido un placer, señor MacNab.

No contesta. No es capaz de levantar la mirada mientras la mujer está saliendo por la puerta. Termina el cigarrillo, se levanta y se dirige despacio hacia la puerta metálica, todo derrota. Antes de que llegue, un funcionario de uniforme entra en la habitación y se coloca detrás de él. MacNab comienza a caminar, abatido, mientras el guarda, dos pasos por detrás de él, anuncia:

- Dead man walking… Dead man walking…


Autores: Kike Castelló

Chema Tornero

Patricia Lodín


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La Casualidad - B-Side de Macnab - 45 KB / Descargado 22 veces

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Canción - A glimpse in time

Escrito por admin el enero - 29 - 2010

A glimpse in time trata de lo que es efímero, de esas gotitas que derraman el contenido del vaso, de esas relaciones breves que a veces se dan entre los seres humanos que desencadenan eventos importantes. Lo que esta claro es que la influencia que a veces creamos sobre los que nos rodean es muy difícil de medir en términos objetivos y que nuestros actos probablemente perduraran en la memoria de la gente después de nuestra muerte, porque las vidas de los humanos, aun las mas intensas, no son mas que suspiros en el tiempo.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.


Compositor: Varian Villanueva
Intérprete: Varian Villanueva
Año: 2009
Inspirada en el relato “(The continuing story of) Al Marcus“, escrito por Ene Navarro.


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III - Robert S. Ghael

Escrito por Chema el enero - 6 - 2010

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El hombre tras la barra deja de revisar papeles, levanta la vista y escruta la silueta que se ha detenido en el umbral de la desierta taberna, recortada por el sol de media tarde.

Daniel MacGill: ¿Vas a pasar?

El hombre en la puerta parece dudar. Y parece incómodo dudando. Finalmente se decide, entra y se sienta en un taburete, frente al hombre tras la barra, que recoge los papeles que miraba. El recién llegado es de complexión fuerte, de unos cincuenta o sesenta años, piel curtida, pelo canoso y cortado al estilo militar. Viste un traje caro, de corte europeo.

Robert S. Ghael: Hola, Danny, maldito hijo de puta.

No sonríe. Parece sincero en su adjetivación.

D: Hola, Robert. Debes haber estado leyendo mucho. Tu vocabulario se ha resentido.
R: Te veo bien.

Danny se encoge de hombros.

D: Estoy bien. No puedo decir lo mismo de ti.
R: Eres muy amable.
D: Lo soy. Seguro que la sinceridad es algo a lo que no te tienen acostumbrados tus empleados.

Robert se queda pensativo por un segundo, dudando entre decir algo o no. Danny se agacha tras la barra y saca una botella polvorienta.

R: ¡¡¡No me jodas!!! ¿Eso es…?

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II - Marvin

Escrito por Chema el enero - 5 - 2010

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A veces no me acuerdo bien de las cosas. Por eso Danny no me deja atender la barra. Marv, me dice, Marv, me suele decir, la gente se cabrea si no recuerdas qué te ha pedido, hombre, entiéndelo. Yo lo entiendo. No es que me guste olvidarme de las cosas. Por suerte, Danny no se enfada conmigo. Él sabe que me cuesta acordarme. Y sabe que lo intento. Pero no me puede dejar atender la barra. No es que él no quiera. Es sólo que a veces no me acuerdo.

A veces no escucho. Casi siempre me doy cuenta porque dejo de oír a la banda y me vuelvo y les veo tocando. Pero no les oigo. Y entonces me duele la cabeza, como me dolía en el hospital. Y busco a Danny con la mirada, porque cuando me pasa eso siempre me dice que deje de recoger vasos y que deje de vaciar los cubos de la basura. Cuando te pase eso te sientas, Marv, me dice siempre. Lo que pasa es que no quiero ser una molestia. Porque él es bueno conmigo, y me da trabajo y me deja dormir arriba. Y yo no quiero fallarle, porque es bueno conmigo.

Otras veces me pasa que veo cosas raras. En mi buhardilla, Danny juntó para mí muchos periódicos antiguos que hablan de mí. De cuando era Marvin “The Marvel” McCoy, el chico de los puños de oro. Así me llamaban, el chico de los puños de oro. Entonces era más guapo y más delgado. Y a veces cuando me miro en mi espejo, veo a Marvin “The Marvel” McCoy. Y sé que no soy yo porque cuando me muevo el del espejo no se mueve. Se queda con la cara de las fotos. Me gustaría volver a ser guapo. Lo de ser delgado no me importa tanto. Me gustaría poder enseñarle los periódicos a alguien. Pero me miro en el espejo y me veo ahora, y ya no soy guapo. Tengo la nariz rota y cicatrices en la cara, de cuando la paliza y el hospital y eso. Me da un poco de vergüenza. Sólo los miro con Danny. A veces sube y se sienta conmigo y me lee las noticias que hablaban de mí.

Casi nunca hablo con los clientes. Cuando tengo que hablar con gente que no conozco me hago un lío y la gente se ríe. No porque se quieran burlar, supongo, sino porque debo ser gracioso, tan grande y tan torpe hablando. Pero una noche hablé con Aileen. Porque Aileen siempre está contenta y se pasa la noche hablando con el Escocés de esto y de aquello, de cosas que yo no entiendo bien. Pero esa noche, Aileen no hablaba y yo no sabía por qué y estaba preocupado porque Aileen me pone contento cuando se ríe, aunque yo no sepa por qué y por eso creo que siempre debería estar alegre. Y yo nunca le había hablado antes. Porque Aileen es demasiado guapa como para que yo le hable. Pero me acerqué y le dije ¿Qué te pasa, Aileen? Eso le dije, le dije ¿Qué te pasa, Aileen? Y ella me miró y yo vi que tenía los ojos tristes y me di cuenta entonces de que en realidad siempre los tiene tristes. Y me dijo No es nada, Marvin, he tenido un mal día en la oficina. Y entonces me acarició el pelo y me sonrió.

Algunas veces, cuando me acuesto por las mañanas, antes de dormirme, me acuerdo de Aileen, y de sus ojos tristes y de que me acarició el pelo. Y no sé por qué me acuerdo, porque la verdad es que yo suelo olvidarme de las cosas.


Autor: Chema Tornero


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II - Marvin - Segunda parte (de tres) de una historia. - 44.48 KB / Descargado 46 veces

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I - Aaron

Escrito por Kike Castelló el enero - 4 - 2010

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Aaron sudaba. Sudaba por la excitación. Siempre le ocurría cuando tenía que hacer un encargo. Sentía la boca seca y el corazón latiendo con fuerza. Las mismas sensaciones, los mismos movimientos. Con una mano temblorosa sacó la caja de cerillas del bolsillo y la sostuvo a un palmo de su nariz. Aunque no solía recordar de dónde sacaba las cajas de cerillas, siempre se quedaba ensimismado con las imágenes que se dibujaban en ellas. Esta vez un transatlántico, amarrado en un muelle. Brillante. Moderno. Francamente hermoso.

Al abrirla, el inconfundible y familiar olor a fósforo y madera inundó la pequeña estancia. Sacó una cerilla. A sus pies había una papelera con algunos trapos viejos, empapados en whisky. Arderían con facilidad y el fuego se extendería por las estanterías de madera seca. Las botellas de alcohol estallarían con el calor y avivarían las llamas. Las viejas vigas se vendrían abajo. Sería un accidente. El fuego se lo quedaría todo. Como siempre. Todo sería para él. Para el fuego.

El fuego. Desde que tenía memoria le había llamado la atención. Sentía que había algo especial entre ellos. Una especie de vínculo. Sentía como si el fuego le hablara. Y le dijera, con sus chasquidos, qué materiales ardían mejor o cómo tenía que colocar las cosas para que las llamas fueran más grandes o las brasas durasen más tiempo.

Sus padres no veían bien su inclinación por las cerillas y los papeles secos. Se las quitaban en cuanto las veían y en casa escaseaban los objetos inflamables. Pero, aún así, se las ingeniaba para hacer sus pequeñas hogueras en el patio de atrás con lo que escapaba al férreo control de sus padres. A cambio, recibía los severos castigos que le imponían por ello sin una queja. Al ver que eran incapaces de enderezar su comportamiento, le llevaron una tarde a hablar con el pastor de su congregación, para que éste le hiciera ver que el fuego era el reino de Satán y que era pecado andar quemando cosas en casa. Después de la charla no tuvo dudas; él ardería en el infierno para toda la eternidad.

Cuando dejó de interesarle el colegio, Aaron comenzó a vagabundear por los muelles y conoció a la gente que no debía . Aunque eso le proporcionó una manera de ganarse la vida. No honradamente, por supuesto; entró a formar parte de la plantilla de chicos para todo de Ghael. Mr. Robert S. Ghael tenía buen ojo para descubrir y aprovechar las habilidades ajenas. En realidad, eso era lo que le había convertido en el hombre que controlaba las apuestas ilegales. Y ahora, cuando buscaba nuevos campos en los que ejercer su influencia, supo ver en el talento de Aaron oportunidades que no iban a ser desaprovechadas.

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Especial de Navidad: Santa Claus is coming to town

Escrito por Kike Castelló el diciembre - 31 - 2009

b_side_papanoelEl Escocés dejó por un momento de barrer el suelo y miró la hora en el pequeño reloj en forma de botella de lo alto del estante. Aunque era temprano, era ya hora de cerrar. Sólo había dos días en el año en que cerraba tan temprano: el 8 de mayo y el 24 de diciembre. Fuera estaba nevando copiosamente y hacía un frío polar. De hecho, él había estado en el polo, en los dos, y que le llevaran los demonios si hacía tanto frío allí.

Había pasado un rato largo desde que Lucía se llevó al Viejo Ray para cenar en casa y no quedaba ni un alma en el local. Pronto estaría en casa él también y podría disfrutar del pavo, el pollo o lo que quisiera que hubiera cocinado su mujer. En realidad daba igual, porque era una pésima cocinera y todo sabía a rayos.

Sintió la ráfaga de frío antes de escuchar cómo se abría la puerta de la taberna. Algunos copos se arremolinaban alrededor del voluminoso cuerpo de la persona que acababa de entrar.

Era un hombre grande y gordo. El pelo largo y muy blanco, debajo de un gorro rojo, casi le tapaba los ojos, y la espesa barba también blanca ocultaba prácticamente sus facciones. Llevaba un pesado abrigo de un rojo desgastado con forro de borrego blanco que le sobresalía por el cuello y las mangas. A la espalda llevaba un saco casi tan voluminoso como él.

- Pensé que ya no venías. – dijo el Escocés.
- Sabes que esta noche es muy intensa para mí. Además… casi me descubren.

El Escocés atrancó la puerta en previsión de nuevas peticiones de última hora, se situó detrás de la barra y le sirvió una copa.

-Una… mientras termino de recoger. Me espera mi señora para cenar.

Mientras el hombre se acercaba, él cogió su trapo de limpiar vasos y empezó a secar los últimos que quedaban en la pila. El hombre de rojo metió la mano en el saco y extrajo un estuche que dejó encima de la barra.

- Espero que esto compense a tu mujer la espera. – Y lo abrió para que el Escocés pudiera ver su contenido.
- Eres muy generoso.
- Es que este año te has portado bien.

El Escocés dejó el trapo sobre la barra y cogió el estuche.

- Me imagino que tienes prisa, ¿no?
- Imaginas bien… tengo a Rudolph un poco nervioso. Este temporal… ya sabes. Y me queda un largo camino a casa.
- Una nochebuena de estas tienes que quedarte a cenar…
- ¿Estás loco? Sé cómo cocina tu mujer.
- Ya…
- ¿Qué te debo por el whisky?
- Nada… es Navidad ¿No?
- Sí… es Navidad.
- Hasta el año que viene.

Con un leve gesto de asentimiento, el hombre gordo cogió su saco y salió de nuevo al frío de la calle, dejando detrás de sí algunos copos de nieve flotando en el aire.

Más tarde, en casa, el Escocés masticaba con indolencia un trozo de pechuga de pavo tan seca como la escayola, cuando una noticia en la radio llamó su atención:

El asaltante popularmente conocido como “Santa” ataca de nuevo. Varias mansiones de la zona alta han sido desvalijadas aprovechando la fecha y el temporal. La policía había desplegado un operativo a la espera de que volviese a actuar, pero tras tenerle “acorralado”, según fuentes oficiales, le perdieron la pista “de forma inexplicable”, según las mismas fuentes, en el barrio del puerto.

A continuación, seguimos con nuestra programación especial de Navidad. En este caso, hemos seleccionado para ustedes uno de los grandes éxitos de Mia Lawson…

- Desde luego – afirmó su mujer, moviendo la cabeza – no sé dónde vamos a llegar… ni la Navidad se respeta… ¿Qué tal el pavo, cariño?
- Exquisito. Como siempre. ¿Te gusta tu pulsera?


Autor: Kike Castelló


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No te vayas…

Escrito por patricia lodin el diciembre - 4 - 2009

b-side_aileenSabes, cuando la gente me conoce siente curiosidad por saber todo aquello que yo trato de olvidar. Algunas veces es sencillo. Cuando es rutina, cuando es monótono, cuando es lo de siempre. Se graban a fuego los momentos que de una forma o de otra se alejan de lo corriente. Y puesto que haga lo que haga esos momentos no se van a olvidar, te voy a contar hoy uno de ellos.

Ya te conté que mis clientes habituales se movían dentro del mundo artístico. Pero aquella noche, cuando acudí a la cita, mi acompañante vestía de uniforme. Era marine. Por esta ciudad, aún sin tener grandes conocimientos militares, son inconfundibles. Lucía algún que otro galón, pero el grado sí se me escapa. Me sorprendió su juventud.

Fuimos directamente al hotel, y en la recepción me registró como su esposa. No quise preguntarle si la había realmente, ése es un tema que no me producía, ya a esas alturas, ninguna curiosidad. Ese chico tan joven, tan educado, tan… normal, podría haber estado en el otro lado del mundo, podría haber estado perdido en medio de la jungla, podría haber vivido en condiciones infrahumanas, podría haber matado… la muerte del hombre a manos del hombre, eso sí me parecía distinto a mi mundo, esa brutalidad tabú, ese cómo sería… La pregunta me quemaba en la boca… ¿Habría matado a alguien?

- ¿Has matado a alguien?

No puedo recordar muy bien el hilo del discurso que obtuve como respuesta. Pronunció varias veces la palabra patria, la palabra libertad, la palabra honor… Pero por el tono y la brusquedad con que de pronto tomó distancia, entendí que sus palabras no eran un credo, sino un escudo. Y supe que la respuesta a mi pregunta era sí.

Sin embargo no he olvidado nunca la profundidad de su mirada. Porque mientras escuchaba todo aquello no pude evitar clavar mis ojos en los suyos, buscando el reflejo de aquellos hombres llamados enemigos muertos a sus manos. Pero por más que busqué sólo encontré el mío… Aún me pregunto cómo mira una persona justo antes de morir. Y me pregunto dónde queda el reflejo de esa mirada en quien la mata.

Él pareció entender lo que yo pensaba y cambió de tema. Me habló de las largas travesías, de otros mundos, de paisajes exóticos, de un calor tórrido, de que partiría de nuevo al día siguiente. Me hablaba con cariño, con condescendencia, con intención de causarme admiración, esperando que mis cejas se arquearan y mi boca se abriera. Mas no necesitaba impresionarme para dar el siguiente paso: había pagado. Y no me interesaban lo más mínimo sus aventuras. No abrí la boca, no arqueé mis cejas. No hice siquiera el esfuerzo. Porque en realidad yo sentía curiosidad por conocer lo que él quería olvidar.

¿Tienes miedo?, le pregunté. ¿De morir?, me contestó. No, de vivir. De vivir con todas esas miradas que escondes, con los hombres que has matado. Si el honor, la gloria o la libertad serán suficientes argumentos para perdonarte.

Entonces me abrazó y me besó, urgente, bañado en lágrimas. Y me penetró con desconsuelo. Como si yo fuera su patria. Y lo recibí diciéndole, como si fuera su patria, no te vayas, no te vayas a morir por mí, no te vayas a matar por mí.

Y fue mágico, porque creo que durante esos instantes, encontró en mí la paz.

La magia desapareció con la luz del día. Salí pronto de la habitación, para ir tras ella. Para no despertar como esposa siendo puta. Él embarcó a la mañana siguiente a cumplir con su deber. No tuvo que vivir con miedo.

No volvió.


Autor:Patricia Lodín


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(The continuing story of) Al Marcus

Escrito por Eme Navarro el noviembre - 13 - 2009

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Al se desangra con un tiro en el hígado y Juan no puede hacer nada. Sólo presionar la herida. Y dejarlo hablar. Un tiro en el hígado te da veinte minutos y Al Marcus parece que tiene mucho que decir.

Después de dos años compartiendo trinchera, a Juan le daba la sensación de que no sabía mucho de Al. Tan sólo que abandonó su país para luchar en tierra ajena. Solía decir que la libertad no entiende de patrias. No era sino uno más de los miles que habían venido respondiendo a un grito de angustia y una llamada de auxilio. Uno más de los que marcharon a pelear por defender una tierra que no era la suya. Uno más de los que vinieron a perder la guerra. Ahora Al Marcus también pasaría a ser uno más en otra lista: la de los que no volvieron.

Cuando se encontraron, marchando hacia el frente, Juan supo rápidamente que aquel extranjero era la compañía que él quería: era callado, como él, y también llevaba una guitarra. Así fue como se conocieron, y así pudo Juan descubrir cómo sonaba una guitarra con cuerdas de metal. Aquella música, aquel ritmo distinto al suyo que pronto sintió, pues también salía del alma. Al Marcus hablaba del bourbon, del blues, y también de la opresión de otro pueblo, el de raza negra. Pero de él mismo poco contaba. Por la música que tocaba se le intuía un corazón roto. Y que había una mujer. Siempre hay una mujer. Nunca hicieron falta más palabras para la complicidad.

Hasta la noche de ayer, en la que el vino, el calor y la certeza de la derrota, empujaron a Al a hablar de ella. Al principio sin nombrarla. Por ella se había jugado la vida y el alma yendo a los graneros ilegales, donde la música era diferente a todo lo que había escuchado, donde el alcohol, el sudor y el sexo eran reales. Reales como ella, que lo introdujo en la música y en el amor. Y en todo lo que vino después: la guitarra, la felicidad, las risas, la partida y también la guerra. Todo empezó en ella. En Florence. Juan no terminaba de entender qué tenía que ver Florence con esta trinchera perdida en medio de un lugar sin esperanza. Pero calló. Porque Juan sabía que cuando un hombre se encamina hacia la muerte con paso firme, lo primero es escucharle, y lo último comprenderle.

Eso fue anoche. Hoy hace calor y Al Marcus se muere. Las moscas se acercan. Juan llora sin lágrimas. Le dice que calle, que no haga esfuerzos, que si quiere que le haga llegar algún mensaje a Florence. Pero Al Marcus, con un hilo de voz, desgrana una historia diferente a la que imagina Juan.

Florence ya no está, Juan. En mi tierra el nuestro era un amor prohibido. Ella era negra. Todavía ardía la cruz cuando la encontré… Yo me llamaba entonces Joe Furton, pero él murió ese día… No pude seguir viviendo allí. Tuve que huir. Tuve que dejar de ser Joe Furton, el hombre que amó a Florence, y convertirme en Al Marcus, un hombre sin pasado ni recuerdos. Era demasiado para un hombre, demasiado para mí…

No soy… el soldado heroico dispuesto a dar la vida por vuestra libertad… Lo siento.

Quiero que… cuando todo acabe… cojas mi guitarra, y mi documentación. Ve con ella a la embajada, no te harán demasiadas preguntas, te ayudarán a salir de aquí, a empezar de nuevo.

Sé tú ahora Al Marcus… bebe el bourbon que no he podido beber, haz la música que no podré hacer. Y ama como no me dejaron amar…

Se acaba el tiempo de Joe. Juan lo abraza y se empapa de su sangre. Y comprende que ese hombre, en realidad, había viajado hasta allí para eso, y que estaba en paz con su destino.

A pocos kilómetros de allí, se consumaba la rendición y, en un par de días el enemigo entraría bajo palio en la ciudad que había jurado no entregarse. El sueño de libertad había acabado.


Autor: Eme Navarro


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Entrevista de trabajo

Escrito por Kike Castelló el octubre - 16 - 2009
El carguero Neptune. De la naviera Perking & Co.

El carguero Neptune. De la naviera Perking & Co.

- ¿Tienes alguna experiencia navegando, muchacho?

Navegando no. Ninguna. De hecho, en sus 20 años jamás había tenido el menor interés por el mar. A pesar de vivir en un puerto de cierta importancia, a pesar de que su propio padre había muerto en un barco pesquero muchos años atrás. Quizá por eso no miraba el mar. Quizá porque su padre faltó pronto había tenido que buscarse la vida. De alguna manera tenía que ayudar en casa, a su madre y a sus seis hermanos menores. Navegando no tenía experiencia… pero en otras cosas…

- Sí, por supuesto. Procedo de una familia de marineros.

Una mentira, una verdad. Como la vida misma. De lo que sí sabía era de dinero fácil. Le habían dicho: con esto se saca pasta… mucha. Y la verdad es que ganaba dinero. Pero el problema era que no había demasiada gente que vendiera este tipo de material… así que, cuando pasó lo que pasó…

- El Neptune es un buen barco… aquí aprenderás lo que es la vida en el mar.

Joder… esos tíos la habían cagado. Pero a base de bien. Colm Ferguson… maldita la hora. Él y Sean McSeamus solían comprarle material para los días de fiesta. Apenas eran poco más que unos críos. Unos niñatos de mierda, con un sentido del humor del que salieron escaldados.

- Sí, señor. Estoy deseando aprender…

La noticia corrió como lo espuma. El padre Mackenzie había quemado la iglesia del pueblo… con toda la gente dentro. Algo así no pasa desapercibido. Y cuando la policía interrogó al cura y descubrieron que estaba bajo los efectos del ácido… todo apuntaba a él. Era como un jodido faro en la noche.

- La vida en el barco es dura, muchacho, y tendrás que…

Él no tenía la culpa de que ellos usaran su ácido con el cura. Pero eso a la policía le daba igual. Tenían un culpable. Irían a por el y, si no hacía nada, se pudriría en la cárcel. Tenía que huir. Tenía que salir de allí… aunque fuera en un barco mercante.

- … pero si trabajas duro, si no causas problemas… subirás en la Perkings & Co. como la espuma, muchacho…
- Si, señor…
- Ahora, busca a Olsen, el Noruego, y que te asigne una litera… el Neptune es tu nueva casa.
- Sí, señor.

El capitán se apartó de la escotilla y el chico se adentró en el carguero.

- Por cierto, chico… ¿Cómo dijiste que le llamabas?
- Daniel… Daniel MacGill, señor.

El capitán se rascó la cabeza, pensativo. Y tras un breve instante sonrió al chico.

Melodía principal de la banda sonora

- A partir de ahora, serás… el Escocés.

Fundido en negro y títulos de crédito


Autor: Kike Castelló


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Entrevista de trabajo - Primer b-side de los Cuentos de la Taberna del Escocés - 64.92 KB / Descargado 65 veces

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