Tengo frío, qué putada estar aquí en el puerto, sobretodo cuando hace frío y tienes frío y cuando además, no puedes moverte.
Mi cuerpo cruje, es inevitable tener reuma aquí y, sin embargo, sé que viviré para siempre.
No recuerdo cómo empezó todo esto, pero ahora es El Escocés quien cabalga conmigo en esta aventura. Hubo antes más escoceses y todavía no he decidido si quiero que sea éste mi definitivo interlocutor con la realidad.
Escocés es la palabra. Yo soy el templo.
Vosotros, que venís a mí y bebéis de mi sangre, no estáis aquí por propia elección. Yo os he escogido. Me pertenecéis. Y si algún día me canso de vosotros… simplemente desapareceréis.
El atardecer aquí es francamente bello, parezco menos oscuro y triste cuando me llegan los últimos rayos del oeste.
¿Dónde estoy? ¿Cuándo estoy? Esas referencias espacio-temporales, tan importantes para vosotros, son carentes de utilidad para mí.
Tengo algo más de tiempo antes de callar. La banda tocando, el murmullo del público, el hielo chocando contra los vasos y el correr del whiskey por el vidrio. Sillas cojas, brindis alegres, resoplidos solitarios, son mi voz de la noche.
Veo al Escocés acercándose. No ha pasado buena noche. Lo veo en sus ojeras, más largas y descontroladas de lo habitual.
Abre el cierre para despertarme. Yo ya estoy despierta. Esperándole.
Antes de nada, como cada noche, se sienta y brinda por mí.
- Por la taberna - dice en alto.
- Por nosotros - pienso y callo.
Autora:Reichel Congosto
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