4 de September de 2010

La Taberna del Escocés

Cultura Libre

Archivo para la categoría ‘Relatos’

12 - Crossroads

Escrito por admin el agosto - 23 - 2010

crossroadsObservé desde mi ático la casa del senador acompañado siempre por esa mujer de extraordinaria belleza. Estaban dando una fiesta. Un hombre negro aparcaba los coches de los invitados que iban llegando. Llevo más de dos años viviendo en ese barrio, pero estoy segura de que nadie ha reparado jamás en mi presencia. Sin embargo, yo los conozco a todos. Tafetán, seda, smokings, guantes. Allí, entrando entre flashes, aristócratas, ministros, hombres de negocios, diplomáticos. Y, tomándoles del brazo, sus preciosas esposas, ésas tan dignas que yo identifico como depredadoras de fortunas.

Miré la hora. Era tarde, pero aún remolonearía tumbándome un rato más en mi cama de sábanas limpias y frías, sin más aliento que el mío. Salgo poco. Me incomoda la gente. Toda. Sobretodo los hombres. Odio sentirme reflejada en sus miradas.

Aquella tarde, había quedado con Peters después de que me hubiera llamado al menos diez veces a lo largo de la mañana. Peters, qué quieres. ¿Cómo sabes que era yo? Porque lo sé. ¿Y por qué no me has cogido antes? Para cerciorarme de que no me estabas molestando en vano. Peters es el único que tiene mi número.

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11 - La luna de los suicidas

Escrito por admin el julio - 12 - 2010

la_luna_de_los_suicidasEstoy tocando. Cuando toco no tengo miedo, es cuando paro cuando, a menudo, las palabras de mi padre retumban en mi cabeza, no sirves para nada, eres un inútil.

Me llamo Floyd y soy contrabajista. Este escenario es lo más parecido a un hogar. Esta banda es lo más parecido a una familia. Y cada día, cuando dejamos de tocar y guardo el instrumento en su estuche, que es del tamaño de un ataúd, siento el mordisco de la nostalgia y sin quererlo me traslado al pasado.

No tengo recuerdos de una madre, no sé en realidad qué es lo que pasó, no sé si murió, no sé si nos abandonó, no sé si nos abandonó y murió. Nunca me atreví a preguntarlo, mi padre no quería hablar de eso, no era útil. Salir adelante, trabajar para comer, hacer de mí un hombre de provecho, esas eran sus preocupaciones.

¿Yo? Trabajar en el rancho, trabajar en el rancho y trabajar en el rancho. Hice de sus preocupaciones mi vida.

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El viejo Ray

Escrito por Kike Castelló el julio - 2 - 2010

I

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El Escocés servía copas detrás de la barra, la banda tocaba algo de blues y yo bebía el tercer o cuarto whisky. En resumen: otra noche más en la Taberna. Lo normal. Poco a poco, varios parroquianos habíamos formado corro cerca de la barra y, siendo la hora que era, estábamos en ese momento en el que el alcohol suelta las lenguas y las historias fluyen casi por si solas.

- Cuenta una historia, Geoffrey.- dijo alguien.
- Sí, sí. – insistieron los demás a coro.
- ¿Cuál?
- Cuenta otra vez la del viejo Ray.- dijo el instigador.

No me hice de rogar demasiado. Eché un trago, me aclaré la voz y comencé.

- El viejo Ray era un Hijo de Puta…

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10 - Giancarlo

Escrito por Kike Castelló el junio - 7 - 2010

giancarlo1Parece que fue ayer… joder, si han pasado ya… ¿Cuántos? Diez años… coño… cómo pasa el tiempo. Todavía recuerdo cuando mi padre me hizo llamar. Estaba tumbado en la cama, como siempre desde que volvió del hospital. Le costaba respirar. Eso es lo que más recuerdo: su respiración entrecortada, ahogándose poco a poco. Cada bocanada, un triunfo. La habitación estaba toda en penumbra. Le molestaba la luz, decía. El pulmón de acero al lado de la cama, y la mascarilla del respirador tapándole casi toda la cara. Era la imagen misma de la muerte… joder, era como sentir que la mismísima muerte te observaba. Porque sólo se le veían los ojos, hundidos y apagados. Pero me miraba… como solía hacerlo él, creo que con desprecio. O con pena. No sé. Desde luego sin una pizca de admiración ni respeto… y…

Ponme otra, Escocés, de esa mierda que pones tú… ¿Por donde iba?

Sí… me dijo… Carlo… porque él me llamaba Carlo a secas… Carlo, me dijo con esa voz entrecortada, sólo un hilo de voz, un murmullo casi imperceptible, sé que no eres como tus hermanos. Eres débil, Carlo, débil. Y éste no es un mundo para débiles. Tengo esas palabras grabadas a fuego en mi memoria, Escocés. Éste no es mundo para débiles. Mi padre siguió hablándome, con ese hilo de voz que tenía ya al final. El cáncer lo estaba matando, poco a poco. Tienes que endurecerte, Carlo, me dijo, tienes que endurecerte o te comerán, Carlo. Te comerán. Te comerán. Te comerán… Me comerán.

Otra. Ponme otra, Escocés…

Joder… endurecerme, dijo. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se consigue que esta mierda no te afecte? ¿Cómo se consigue? Dime… ¿Cómo? Yo no quería dinero, Escocés. No quería esta mierda de vida. Esa casa enorme, el club, los coches… esa mujer que lo único que hace es pedir… yo no quería nada de esto, Escocés. Nada. Yo sólo quería vivir tranquilo: ser una persona normal y corriente. Con un trabajo aburrido, con una casita con su hipoteca, una mujer, unos niños gritones el fin de semana, sacar tiempo para plantar un jardincito… yo sólo quería vivir tranquilo con mis plantas. Con mis geranios. Esperar a que pasen los fríos del invierno y plantarlos. En ese hueco del jardín detrás del cobertizo. Ése es perfecto… le da el sol casi todo el día. Remover la tierra, echarle el fertilizante… ser un simple jardinero. ¿Sabías que es necesaria una tierra ligeramente ácida para que crezcan los geranios? No mucho, sólo un poco… y cuidarlos, regarlos todos los días…con mimo pero sin pasarse, porque demasiada humedad hace que les salgan hongos… eso es todo lo que quería, Escocés, unos putos geranios. Unos putos geranios… Yo sólo quería que mi padre me quisiera. Joder, yo sólo quería que me quisiera. Y que entendiera que yo no era como mis hermanos, que yo no valía para esto. Que entendiera que yo quería ser jardinero. Nada más que un puto jardinero… joder.

Ponme otra, Escocés. Las que hagan falta para olvidar…

Tengo que olvidar. Tengo… Intenté evadir mi mente, sacarla de aquel apestoso sótano y llevarla lejos, a un lugar agradable… a mi jardín. Mi mente quería estar en el jardín, con los geranios. Sentir el tacto de la azada en mis manos, ese olor de la tierra húmeda. Pero mi cuerpo estaba allí… y lo vi todo. No quería mirar. Joder, no quería… Tengo que borrar el recuerdo de ese chico. De esa sangre. Para sacarme sus gritos de dolor. Joder… lo hemos matado, Escocés. Lo hemos matado. Y no sabía nada, el pobre infeliz. Lo vi en sus ojos. No sabía nada y lo hemos machacado. ¿Cómo se borran de la memoria esas rodillas reventadas a mazazos? Dime, ¿cómo? ¿Cómo voy a dormir esta noche? Era una masa sanguinolenta… sólo carne… con la forma de una persona… joder, si era nada más que un chaval… ese chico… Joe “Dos bocas”… Nada más que un chaval. Y no sabía dónde estaba su amigo Billy. No lo sabía… y lo hemos matado. Todo por el honor de los Meazza, por mandar un mensaje: no se roba a los Meazza. No se nos roba.

Y la gente hará caso. ¿Por qué? Porque se me respeta. Todos me respetan… menos mi padre. Siempre he hecho lo que él quiso, he llevado esta mierda de vida por él… pero sé que me mira desde el infierno y me desprecia, Escocés… lo sé. Me desprecia.

Danny, yo sólo quería ser un simple jardinero…

Sólo quería…

Sólo eso.


Autor: Kike Castelló


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9 - Kenny & Mia

Escrito por patricia lodin el mayo - 10 - 2010

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Mi abuelo me lo advirtió. Yo tendría trece años y por entonces empezaba a jugar luciendo orgulloso el apellido Meazza. En una mesa de póker siempre hay un primo, Giancarlo. Si al cuarto de hora no sabes quién es, entonces el primo eres tú. No es el caso. Miro a los ojos al primo.

- Veo tus dos mil, amigo, y subo hasta diez mil.

Se ha hecho  silencio. Estoy teniendo una buena mano pero no se me nota. Aún así se han retirando todos, incluso Miller. Todos menos el primo. Cuando ha escuchado diez mil, los nervios le han traicionado y ha contraído la mandíbula. Esta partida le viene grande, él debería saberlo. En cualquier caso, eso a mí me da igual. Que se joda.

Lo que no sé, y me gustaría saber, es si tiene agallas. Es cierto que una timba no era lo que más me apetecía para esta tarde, pero muchas veces, pensar en el póker me ayuda a no tener que pensar en otras cosas  como en mi trabajo o en mi vida. Pero se me está agotando la paciencia y no se termina de decidir.

- Perdona, socio, sólo quedas tú y no tenemos toda la tarde.

- Quiero ver esa jugada, pero no tengo más que seis mil setecientos.

- El póker aquí es así… si no tienes, te retiras

- Te hago la siguiente propuesta: pongo estos seis mil setecientos, e igualo con una historia.

- ¿Con una historia? ¿Qué clase de apuesta es esa?

- La única que puedo permitirme. Si quieres jugar, tendrás que escuchar la historia.

- Así que tienes agallas… De acuerdo, pero con una condición. Primero cuéntala, y después seré yo quien decida si la apuesta ha quedado igualada. ¡Escocés! ¡Ponle un whisky a este hombre!

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Orígenes

Escrito por Baby Blue el mayo - 7 - 2010

origenesLleva el uniforme algo arrugado cuando aterriza en el aeropuerto, con su petate cochambroso y un “good morning, heartache” que no puede sacarse de la mollera y que tararea hasta el fastidio. Su obsesión musical no le roba la sonrisa porque, aunque convaleciente tras la última misión, sabe que sólo unas horas más de zarandeo ferroviario le separan de su chica, su gatita gitana, cuyo nombre se resiste tanto en salir como la metralla de su cráneo… Erzsébet. Al soldado le gusta hacer fáciles las cosas. Por eso él se apoda “Blues” y, a ella, la llama Bessy.

Su chica trabaja en un mohoso garito portuario. A veces canta alguna canción si no hay banda que anime el cotarro pero lo que se le da realmente bien es servir copas, al menos eso dice siempre El Escocés.

Cuando “Blues” se acerca por detrás a su Bessy, comprueba que su vientre ha crecido tanto que no podrá envolverla en sus tremendos brazos y elevarla y girar con ella para escuchar su risa. Va a soltar una tremenda carcajada, cuando su mirada gatuna le cuenta secretos que no quiere oír. Se encoge de hombros, la besa y le asegura que trabajará duro para limentar a sus dos tesoros. Casi a la rastra, saca a la mujer del local, mira en derredor y entre brumas distingue una moto. Algún capullo se ha bajado a mear y la ha dejado en marcha. Sólo es un préstamo, muchacho, se dice el hombretón. Sienta a Bessy con cuidado y casi en pie, se lanza cuesta abajo, hacia el otro lado del puerto, a buscar una pensión donde cantarle sus sueños a una criatura que ya le hace feliz.

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8 - Baby Blue

Escrito por Baby Blue el abril - 12 - 2010

baby_blueEl ronroneo del motor de su vieja Harley no hace justicia a la pila de años que carga encima. Se trata de una WLA que combatió en Europa, en la Segunda Guerra Mundial. Cuenta la leyenda que todo el que se subía en ella no tardaba en sentir el silbido de las balas y poco más, porque enseguida caía fulminado al barro sanguinolento. Se le notan los rasguños y algunos desconchones aunque ese verde camuflaje, repugnante, de la guerra brilla desdeñoso todavía en algunos ángulos de su rotundo diseño. Os preguntaréis por qué me fijo en esa antigualla y es justo por eso por lo que lo hago, es más vieja que la muerte, sin embargo suena a león dormido cuando camina. Si eres de los que disfrutas imaginando a esas viejas glorias a dos ruedas, tienes que pararte bien cerquita de ella para captar los detalles, de otra manera, sólo la vislumbras en permanente epicentro de una neblina espesa que la envuelve y protege.

Se baja de sus lomos una mujer de altura desconsiderada, embutida en cueros de un negro apagado, sucio, que se adapta no obstante a su caminar de cadencias lánguidas, como ese gato hambriento que acecha a su presa relamiéndose satisfecho, sabiendo que hoy cenará seguro.

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El Saxofón

Escrito por admin el abril - 9 - 2010

saxofonLlevo poco tiempo por La Taberna, pero siempre me resultó raro ver ese saxo en la vitrina que hay detrás de la barra. La vitrina tiene más objetos, imagino que llenos de recuerdos. Pero el que más destaca es ese brillante instrumento con su ancha cinta negra. Un saxo es para tocarlo, no para mostrarlo. Así que la curiosidad hizo que preguntara al Escocés.

- Era de Johnny - me respondió el Escocés.
- ¿Johnny? Me suena el nombre… ¿No era aquel saxofonista tan bueno?
- ¿Bueno? – se rió - Bueno es poco. Era una jodida leyenda. Yo no he vuelto a escuchar nada parecido.
- ¿En serio?
- Decían, incluso, que había vendido su alma al diablo para serlo.
- Pues le salió mal el trato, ¿no? Porque si ha muerto…
- Oye, que yo no soy un maldito abogado. No tengo ni idea sobre los términos del contrato… a lo mejor en el acuerdo sólo iba incluido el saxo…
- ¿Por?
- No sé… - y me dijo mientras echaba miradas nerviosas al saxofón - a veces me parece que tiene vida propia. Y nadie ha sido capaz de arrancarle una nota decente desde que murió.
- ¿Estás diciendo que el saxofón no se deja tocar?
- Bueno… no… pero algo raro hay. O se parten las lengüetas, o se engancha una llave… siempre pasa algo.
- Eso son supersticiones, hombre… ¿y cómo murió el saxofonista?
- Murió matando, el muy cabrón.
- Ponme un whisky, uno bueno, y comienza desde el principio. Venga, que me interesa la historia.
- ¿No te cansas de escuchar historias, Geoffrey?
- Si lo estás deseando, hombre… ¿Se te ocurre una forma mejor de pasar el tiempo hasta que empiecen a llegar los borrachos?

Y, mirándome con cara de perdonarme la vida, carraspeó y comenzó a hablar, mientras secaba el interior de un vaso con un trapo que había tenido tiempos más felices. Y limpios.

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Hugo “Insumergible” Williams

Escrito por Kike Castelló el marzo - 22 - 2010

hugoMe conocen en La Taberna como Geoffrey Chaucer, “el escritor” y, quizá sea por la responsabilidad de llevar ese nombre, me siento como el cronista de lo que aquí ocurre. Tengo buenos oídos y una curiosidad enorme y, de una forma u otra, me suelo enterar de cuanto pasa entre estas viejas paredes. Aquí doy satisfacción a dos de mis grandes vicios: beber y escuchar.

Lo que saco como escritor no da para un sitio de más postín, tampoco para uno de menos… en realidad no da para nada. Y aquí, al menos, el Escocés me invita de vez en cuando.

A quien nadie invita nunca es a Hugo. Se suele sentar al fondo, en un rincón de La Taberna particularmente apartado. Sus más de seis pies de alto, sus ojos azules y su barba espesa son características menos llamativas que el vacío que siempre se forma a su alrededor. La razón de ese vacío es que Hugo Williams es un tipo con suerte. Con mucha suerte. Y ésa es, precisamente, su mayor desgracia.

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El Saxofonista

Escrito por admin el marzo - 1 - 2010

2008-06-05-el-saxofonista

Puto humo. Ha vuelto a entrar en mis ojos como un nublado. Entre el humo del local y el del cigarrillo, siempre colgado de mis labios, no es extraño que me esté matando. Sólo cambio la boquilla del pitillo por la del saxo. Ahora, en diez minutos, me toca subir al escenario. Marcus ya se ha dado cuenta de que me fallan los pulmones. No llego muchas veces. Puto humo.

Aileen me mira. Creo que es la única admiradora que tengo. Tal vez, incluso la única persona que me quiera en este mundo. Me es indiferente. Pronto dejará de escuchar mis notas. Todos dejarán de hacerlo. Estoy tan harto… sólo cuando subo al escenario me olvido de la mierda de vida que llevo. Me trasformo, me elevo por encima de todo y de todos. Pero a mis pulmones les falta fuelle. Mal asunto.

Aileen se acerca, me roza el brazo. Si pudiera decirle qué grata es esa leve caricia. Si pudiera decirle que incluso pasaría mi vida entera con ella. Sonrío. Ella me sonríe. Es pura empatía. No tiene ni puta idea de por qué me sonrío, pero me devuelve la sonrisa con creces. Sí, querida Aileen, ahora te tomaría entre los brazos, soltaría el pitillo y te besaría la boca. Aunque temo asfixiarme si lo hiciera. No estoy para dar un beso en profundidad. Estoy acabado.

Me enciendo el último antes de subir. Aileen me pregunta qué voy a tocar. Le contesto que lo de siempre. Me pide su canción preferida, Lately, también la de siempre. Es todo monótono y aburrido. Demasiado. El único acontecimiento digno de mención en las dos últimas semanas fue recibir mi diagnóstico, que traducido al cristiano, es una sentencia de muerte. Me quedan unos meses. Y aún me parece mucho.

Y ahora ella se acerca a mi oreja derecha y me susurra que nos casemos. Joder, no, ya es tarde para todo. Me emocionan tus palabras, pero no tenemos futuro, pequeña Aileen. Me muero. Esto sólo lo pienso. No quiero herirla. No quiero que lo sepa. Y por el contrario le digo que es hermosa, que es inocente… pero que no me puedo casar con ella. Soy mayor ya. Me dice que no le importa. A mí sí.

Marcus me mira y me hace un pequeño gesto. Ya nos toca. Me levanto, y al hacerlo me da un ataque de tos. Uno fuerte. Puto tabaco. El pitillo sale disparado de mis labios y con él un salivazo sanguinolento. Levanto los brazos buscando un aire que no encuentro. Aileen me abraza, me habla, me frota el pecho. Qué poco tiempo queda. Y aunque no fuera así, ella se merece algo mejor.

Pasó la tos.

En el escenario tomo mi saxo. Miro hacia las mesas y una nube de humo parece amenazarme con tormenta. Puto humo.


Autor:Juan Calleja


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7 - El Saxofonista - Por Juan Calleja (pdf) - Capítulo 7 de los cuentos de la Taberna del Escoces - 40.93 KB / Descargado 112 veces

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