14 de March de 2010

La Taberna del Escocés

Cultura Libre

Archivo para la categoría ‘Relatos’

El Saxofonista

Escrito por admin el marzo - 1 - 2010

2008-06-05-el-saxofonista

Puto humo. Ha vuelto a entrar en mis ojos como un nublado. Entre el humo del local y el del cigarrillo, siempre colgado de mis labios, no es extraño que me esté matando. Sólo cambio la boquilla del pitillo por la del saxo. Ahora, en diez minutos, me toca subir al escenario. Marcus ya se ha dado cuenta de que me fallan los pulmones. No llego muchas veces. Puto humo.

Aileen me mira. Creo que es la única admiradora que tengo. Tal vez, incluso la única persona que me quiera en este mundo. Me es indiferente. Pronto dejará de escuchar mis notas. Todos dejarán de hacerlo. Estoy tan harto… sólo cuando subo al escenario me olvido de la mierda de vida que llevo. Me trasformo, me elevo por encima de todo y de todos. Pero a mis pulmones les falta fuelle. Mal asunto.

Aileen se acerca, me roza el brazo. Si pudiera decirle qué grata es esa leve caricia. Si pudiera decirle que incluso pasaría mi vida entera con ella. Sonrío. Ella me sonríe. Es pura empatía. No tiene ni puta idea de por qué me sonrío, pero me devuelve la sonrisa con creces. Sí, querida Aileen, ahora te tomaría entre los brazos, soltaría el pitillo y te besaría la boca. Aunque temo asfixiarme si lo hiciera. No estoy para dar un beso en profundidad. Estoy acabado.

Me enciendo el último antes de subir. Aileen me pregunta qué voy a tocar. Le contesto que lo de siempre. Me pide su canción preferida, Lately, también la de siempre. Es todo monótono y aburrido. Demasiado. El único acontecimiento digno de mención en las dos últimas semanas fue recibir mi diagnóstico, que traducido al cristiano, es una sentencia de muerte. Me quedan unos meses. Y aún me parece mucho.

Y ahora ella se acerca a mi oreja derecha y me susurra que nos casemos. Joder, no, ya es tarde para todo. Me emocionan tus palabras, pero no tenemos futuro, pequeña Aileen. Me muero. Esto sólo lo pienso. No quiero herirla. No quiero que lo sepa. Y por el contrario le digo que es hermosa, que es inocente… pero que no me puedo casar con ella. Soy mayor ya. Me dice que no le importa. A mí sí.

Marcus me mira y me hace un pequeño gesto. Ya nos toca. Me levanto, y al hacerlo me da un ataque de tos. Uno fuerte. Puto tabaco. El pitillo sale disparado de mis labios y con él un salivazo sanguinolento. Levanto los brazos buscando un aire que no encuentro. Aileen me abraza, me habla, me frota el pecho. Qué poco tiempo queda. Y aunque no fuera así, ella se merece algo mejor.

Pasó la tos.

En el escenario tomo mi saxo. Miro hacia las mesas y una nube de humo parece amenazarme con tormenta. Puto humo.


Autor:Juan Calleja


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El Saxofonista - Capítulo 7 de los cuentos de la Taberna del Escoces - 40.93 KB / Descargado 17 veces

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Quince años para aprender a tocar la armónica

Escrito por Chema el febrero - 8 - 2010

Cuando era joven, tenía sueños. Como todos, claro. Pero los míos casi los pude rozar. Primero soñaba con llegar lejos tocando la armónica. Se me daba bien. Pero lo dejé. Lo dejé por el boxeo, y por Rage Kenny. Él, la mayor leyenda que se ha subido a un ring, me enseñó a pelear. Pero, aún más importante, me enseñó que un hombre puede llegar adonde quiera, cuando cree lo suficiente en sus sueños.

Sin embargo la vida tenía otros planes para mí. Tuve que dejar el boxeo o el boxeo me dejo a mí. Terminé trabajando en la puerta en un pub del centro. Uno con clase. Nada que ver con esto. La verdad, hubiera preferido trabajar aquí. Claro que los sitios como éste no tienen gente en la puerta. En cualquier caso, era sólo un trabajo. Un trabajo de mierda, pero fácil. Mi mayor problema consistía en acompañar hasta la calle, amablemente, a algún cliente díscolo con problemas de autocontrol. Las posibles discrepancias con la política de admisión del local pasaban a un segundo plano ante mi presencia, con mi corpulencia no era necesario mostrarme siquiera vagamente amenazador.

Ella venía de vez en cuando, si había noche de blues. Podría decir que era preciosa o atractiva. Podría encontrar la más elocuente de las descripciones. Aún así ni siquiera me estaría acercando a la verdad.

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La canción triste de George MacNab

Escrito por unespanolmas el enero - 11 - 2010

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Deambulaba por las peligrosas y antiguas calles del puerto mientras la noche caía sobre los tejados. Me detuve frente al garito y empujé la puerta de La Taberna Del Escocés. El ambiente era denso por el gentío. La música de la banda daba a la taberna ese toque que no había olvidado. A duras penas localicé una mesa libre, en una esquina casi sin luz. Miré a mi alrededor: todo seguía igual.

La camarera despejó la mesa. Pedí una botella de whisky. Con el primer sorbo mis ojos recorrieron el local. Casi una década y nadie me recordaba. Realmente por eso me fui. Para intentar olvidar y que a su vez olvidaran a MacNab, el afable policía. Ellos lo han hecho, pero yo no he podido, todavía tengo esta mierda dentro de mí.

Al terminar el tercer whisky, de la chaqueta saqué un recorte de prensa y una pequeña hoja, nueva, casi en blanco. En ella, tan sólo tres nombres escritos…

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Rose

Escrito por Kike Castelló el diciembre - 14 - 2009

I

Los que llevan poco tiempo por La Taberna del Escocés se preguntan para qué servirá la puerta del fondo, la que está junto al baño de señoras. El viejo Ray cree que es la entrada a un lugar mágico, pero todo el mundo sabe que al viejo Ray no hay que hacerle mucho caso cuando ha bebido un par de whiskys. En realidad esa puerta da a unas escaleras estrechas, que conducen a la antigua bodega. Durante mucho tiempo los hermanos Meazza montaron allí alguna de sus conocidas timbas ilegales. Aunque esto duró hasta que Joe “Dos Bocas” se volvió loco y golpeó con un pico una tubería general, inundando toda la bodega. Cuando consiguieron sacarle de allí medio ahogado, sólo era capaz de balbucear frases incoherentes sobre “el tesoro de los Meazza” y sobre que era hombre muerto.

Por una vez Joe tuvo razón en algo. Lo encontraron flotando río abajo, con nueve dedos menos en las manos y con una masa informe de carne donde debería haber unas rodillas. Por los mentideros del puerto corrió entonces el rumor de que Joe “Dos Bocas” y su amigo Billy “Manos Finas”, gracias a su trabajo como correos de los Hermanos Meazza, les habían sisado poco a poco una enorme cantidad de dinero. Esta hipótesis se vio reforzada por dos hechos. Primero, que no se volviera a ver a Billy, y segundo, que los Meazza hicieran correr la voz de que cualquier información sobre su paradero sería recompensada. La cosa se agravó cuando Giancarlo Meazza fue detenido y encarcelado a la espera de juicio, según cuentan, por el testimonio de un soplón anónimo. Todo el mundo pensó en Billy. Desde luego los Meazza, cuya opinión era la única a tener en cuenta, lo hicieron.

Unos meses después de aquello, Giancarlo salió libre de cargos sin haberse celebrado el juicio. Parece ser que el testigo principal de la acusación había desaparecido sin dejar rastro. La teoría más extendida era que Billy había sufrido una muerte natural. Porque, por pura lógica, cuando a uno le persiguen los hermanos Meazza, lo natural es terminar muerto y es mejor que ocurra sin que ellos tengan la ocasión de ponerse creativos.

La tubería general fue reparada, pero, tras algunos accidentes, finalmente la bodega quedó clausurada. Cuando le preguntaban al Escocés sobre el asunto despachaba al curioso con una mirada fulminante. Desde entonces las timbas se montan en el reservado grande. Los cambios no quedaron ahí. El servicio de señoras tuvo que ser rehabilitado, por la sencilla razón de que Rose, la nueva camarera, no podía hacer sus necesidades en la misma taza apestosa donde los borrachos meaban, a pesar de que los muchachos decidieron colaborar y se suprimieron los concursos de puntería parabólica en el retrete.

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Aileen Star

Escrito por patricia lodin el noviembre - 16 - 2009

aileenHa tardado un poco en comenzar, Escocés, pero por fin sale al escenario, por fin la música. Ya suena el saxo, ya lo llena todo de magia.

Y de tristeza… Johnny hoy está triste… está muy triste últimamente, ¿no crees? Yo se lo pido, casi se lo ruego: Johnny, no estés triste, porque me llevas a mi infancia, cuando vivía en el campo y me tumbaba en el maizal en las noches despejadas a ver las estrellas. Me llevas a la época en que tenía sueños y era feliz. Antes de que a mi padre lo expropiaran, de que tuviera que trabajar en una fábrica de esta sucia ciudad. Antes de eso y de todo lo demás. Y ya sé que resulta paradójico, pero volver a la época en que fui feliz, me llena de tristeza. O me hace ser consciente de ella.

Escocés, sé bueno y ponme un whisky. Emborráchame y te contaré algo. Hoy sí tengo ganas. El día en que una actriz quiere hablar, lo menos que puedes hacer es escucharla. Eso es, buen chico. Debieron ser esas estrellas del maizal, o el heredar la teatralidad de mi abuela, pero siempre lo tuve claro. Siempre supe que me dedicaría a esto. Y el físico ayudaba. En casa no había dinero para academias, pero un buen profesional sabría reconocer mi talento. Así que me presenté en todos los teatros, y a todas las pruebas de las que oí hablar. No debía haber grandes profesionales, Escocés, en realidad no tenían ni puta idea. No sabrían ver talento aunque se lo pusieran debajo de sus narices. Pero por si acaso, Kevin Miller lo intentó de esa manera; después de haber estado meses ensayando en su teatro durante horas a la espera del gran momento, me llevó a su despacho y me dijo: “Así que quieres trabajar como titular en mi espectáculo…” Acto seguido se levantó, se colocó de pie delante de mí, se bajó los pantalones, y continuó: “Pues sé una buena chica, y chúpamela”.

Tenía dieciséis años, ¡dieciséis!, y era Kevin Miller… Si me negaba…. si me negaba Aileen Meyer no tendría ningún papel a menos que cambiara de ciudad, de estado, o de país. Así que hice lo que me pidió, fui una gran actriz, y se la chupé.

No me llamó para ningún papel, pero me envió un sobre con una generosa gratificación. Me puso en contacto con otros productores y el número de escenas de despacho fue aumentando. Y con ellas mi caché. Después me llamaron también actores,  directores artísticos, políticos, empresarios reputados… todo aquel que, si no tenía algo que ver con el mundo del espectáculo, podía al menos pagarse un lujo como yo.

La práctica me hizo muy buena en mi profesión,  y me convertí en una actriz de primera. No actuaba sobre un escenario, ni delante de ninguna cámara, pero es que el destino no resulta siempre como uno lo ha imaginado.

Anda, sírveme otra copa. Y encaja los ojos de nuevo, que parece que te hubiera dado un pasmo. No paso por puta, ¿verdad? Porque no lo soy, sólo interpreto un papel. Yo soy actriz, ya te lo dije. Ven, Escocés, mírame a los ojos, mírame bien y te darás cuenta de que en este mundo no hay dinero suficiente para pagar lo que yo valgo. Mi alma no está en venta. Y de momento, puedo seguir siendo libre.

Pero estoy cansada. Cansada de tanto actuar y de tanto fingir, de ser actriz sin estrella, de sobrevivir a mi papel que siempre es el mismo, aunque cada día me llame de una manera distinta. Y ya no sé dónde está Aileen, ni quién es , y me da miedo que llegue un día en el que ya no quede nada de mí ni de mis sueños, de aquella niña que se tumbaba en el maizal, nada de todo eso que he mantenido intacto, al margen de mi público y de mi profesión.

Así es como de pronto un día, con todo ese miedo, caí en tu taberna, supongo que añorando mis raíces, o buscando un poco de lodo en el que hundirme y tocar fondo. Pero entonces escuché su música. Vi a ese hombre convirtiendo un trozo de metal en un ser con vida propia. Vi unas manos haciendo que un saxo se estremeciera de placer. Vi un hombre convertido en dios, y un instrumento convertido en un fin en sí mismo.

Eres el primero en conocer mi historia, Escocés. Al menos en tu taberna. Yo aquí no he venido a follar, y viendo el plantel, mucho menos a ganar dinero, sin ánimo de ofender… Yo estoy aquí porque quiero ser saxo. Porque ya lo he sido en sus manos. Porque ese hombre saca lo mejor de mí, porque con él, después de tantos años actuando, puedo ser yo. Y se lo voy a decir esta noche. En cuanto termine de tocar. Johnny, ven a vivir conmigo…

¿Tú qué crees,  Escocés? ¿Qué crees que me dirá?


Autor:Patricia Lodín


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Aileen Star - Tercer relato de Los Cuantos de La Taberna del Escocés - 55.22 KB / Descargado 68 veces

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Smoke Hidden Woman

Escrito por Eme Navarro el octubre - 19 - 2009

I

shw_1El frío se había instalado en su estómago, y le obligaba a caminar con largas zancadas para impedir que se abriese paso hacia su cerebro. Mientras subía la calle, Marcus maldecía el momento que había elegido su cantante para desaparecer.

Inconscientemente, volcaba su ansiedad en aquel desaire que le obligaría a cantar él mismo sobre el escenario sin saber apenas las letras. Pero el verdadero origen de su estado de ánimo había que buscarlo en la reunión que había organizado esa misma noche tras el concierto. Irían todos los músicos importantes de la ciudad y era su oportunidad para encabezar una revolución. Estar todos de acuerdo era la única forma de poder enfrentarse a Kevin Miller, el magnate que desde hacía años controlaba el mundo del espectáculo y decidía, según le viniera en gana, qué porcentaje de lo que sacara cada grupo por tocar iba a parar a sus bolsillos.

El balanceo de su guitarra en el flanco izquierdo le ayudaba a mantener el paso. Las calles empedradas de la zona del puerto estaban vacías a esas horas de la noche, y los edificios bajos y ennegrecidos por la humedad le devolvían el eco de sus lamentos.

Bajo el letrero de La Taberna del Escocés le esperaba pacientemente el resto de la banda. Habían formado un pequeño corro y charlaban animadamente. Un poco retirado del resto, sombrero de cowboy y gafas oscuras, estaba Floyd, el otro guitarrista, pensando en sus cosas. Siempre le había parecido un tipo extraño y retraído, aparentemente ajeno al mundo y muchas veces distante del resto de la banda, pero era un buen guitarrista y nunca se saltaba un ensayo o una actuación, desde que, por sugerencia de el Escocés, se unió a la banda.

Marcus se acercó a Floyd.

- Pásame la petaca, anda, que necesito entrar en calor.
- Ya la he terminado… pensaba rellenarla otra vez antes del concierto.
- ¡Maldita sea! ¿Es que no va a salir nada bien esta noche?
- Joder, tío, lo siento….
- No, si no es por ti… Es Ian, que no viene. Precisamente esta noche, con lo que me ha costado conseguir esta reunión con los músicos. De los influyentes vienen todos. Hasta la Ben Blues Band.
- ¿Vienen los de la Ben Blues Band? Pero si eran partidarios de Miller…
- Miller les exigió la mitad de la recaudación del concierto del sábado pasado. Eso es dinero suficiente como para hacerles cambiar de opinión.
- ¿Tú crees que las demás bandas le van a echar huevos? ¿Te van a apoyar?
- Si no lo creyera no les habría convocado, Floyd. Si nos unimos, si nos negamos todos, podremos con Miller… ¡Hijo de puta! Se terminó el sangrarnos.
- Yo sigo teniendo mis reservas, tío. Miller es un gángster, y nosotros una panda de músicos de tres al cuarto. Créeme, lo conozco muy bien. Se enterará de esta reunión, si no lo ha hecho ya, alguien se irá de la lengua seguro. Y entonces más te vale andarte con ojo.
- Siempre tan razonable… pero yo procuro no serlo. No hay muchas más opciones, ¿no? ¿O hago como tú? ¿Todo el día mirando el mar y la luna petaca en mano?
- ¡En el mar te veo yo a ti, pero flotando!¡Anda Bakunin, cállate y vamos a La Taberna, que algo tendrán para aclararte el gaznate! Y con suerte, algo que te haga olvidar tus cruzadas…

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Prólogo - La Señal Divina

Escrito por Chema el septiembre - 21 - 2009

I

"Trece de los Grandes"

Trece de los grandes.

Trece de los grandes. Se dice pronto, pero nunca había sacado tanto en una timba de los Meazza. Y, por descontado, era muchísimo menos del total acumulado que me había dejado yo, en esa misma mesa, a lo largo de los últimos dos años. Pero, con todo y con eso, Giancarlo Meazza se vio en la obligación de cumplir con su deber cívico y hacerme saber, con muy buenas formas, que si asomaba el careto por la timba en los próximos tres meses debería someterme a una dieta estricta de batidos y analgésicos durante los siguientes seis. Sí, sí, está muy bien, pero ¿quién se lleva trece de los grandes en el bolsillo? ¿Tú, Giancarlo? Pues eso. Así se lo dije. Bueno, vale, así lo pensé.

La euforia suele ser mala consejera. A mí me aconsejó dejar el trabajo. El puto trabajo alienante, embrutecedor y humillante pero que, siendo honesto, me ha pagado durante los últimos tres años el alquiler, la bebida, un poco de compañía de vez en cuando, y sobre todo, las deudas de juego. Así que esperé pacientemente la filípica cotidiana de mi redactor jefe:

- ¿Qué significa esta mierda? ¿Para esto te pago? ¡¡Cualquiera puede escribir esta gilipollez!!

Papeles agitados, expresión iracunda,… la liturgia habitual. Así que disfruté cada segundo del cambio de guión.

- Hacemos una cosa. Lo escribes tú y te ahorras mi sueldo.
- ¿Qué?

La perplejidad le sentaba mal. Cuando desfruncía el ceño se le quedaba cara de gilipollas.

- Lo escribes tú y te ahorras mi sueldo. Me das tres meses, recojo mis cosas y me voy.
- Dos meses.
- Hecho.
- Mes y medio.
- Jefe…

Mis cosas cabían en mi maletín. Tres proyectos de novela, ninguna más allá de una trama endeble y algunos bosquejos de personajes. Y todo el material de oficina que pude arramblar. Que para eso le había pedido tres meses de sueldo, qué cojones.

Me sentí libre, libre y rico. Porque ser libre y pobre es una mierda. No tenía ingresos, pero sí trabajo. Por fin era escritor; un escritor sin historias y sin ideas. Pero escritor.

No tenía claro cómo empieza uno una vida nueva. La falta de costumbre, supongo. Pero recordé cuando, de pequeño, mi abuelo me llevaba de paseo al viejo puerto, a comprarme altramuces que luego nos comíamos en el espigón, tirando al mar las cáscaras. Eso fue antes de la guerra. Hacía años que no pasaba por aquel lugar, pero no parecía haber cambiado mucho. Aunque, obviamente, nadie iba ya a pasear ni se vendían altramuces. Y, para qué engañarme, el cuerpo no me pedía altramuces ni frutos secos ni nada parecido. Más bien me pedía cereales. De los fermentados.

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